CASTELGRANDOLFA O EL ARTE DE NO APRENDER



Castelgrandolfa se había vuelto a perder en un mundo de ilusiones y, cada vez que lo hacía le llevaba horas salir. 

La culpa, ella estaba convencida, era de su madre, bueno de su tía, porque entre las dos le sentenciaron con el nombre que llevaba.
Por un lado su madre, que la quiso poner Verana porque era la época que más le gustaba del año, pero su tía, que siempre había sido muy beata dijo que de eso nada, que Verana le sonaba a suecas en bikini en Benidorm y que por ahí no ella no pasaba.

Aquí es cuando Castelgrandolfa no estaba muy segura de por qué su madre había accedido a lo que decía su hermana, al fin y al cabo era sólo una tía de la niña, sin embargo, parece ser que la convenció. En ocasiones, Castelgrandolfa se dejaba llevar a un mundo en se que se llamaba Verana y todo el mundo le llamaba Vera.


Así todo hubiera sido distinto.


Ella estaría delgada y, probablemente, menos amargada. Habría ido a pasar julio y agosto a Cádiz, cada año con un novio distinto y verían el atardecer en los chiringuitos, con una cerveza en la mano. Luego harían el amor en la playa, al borde de las olas, de camino a casa y luego la habitación, en la cocina, en la cama, en el salón. En todos los lados.

Pues a mi Castelgrandolfa me suena a casquivana, no sé, me recuerda a golfa y me da miedo que nos salga putón.
Decía el padre. Pero nadie le hacía mucho caso.
Desapareció un par de semanas y nunca nadie le volvió a ver. Nadie en el mundo. Igual le mató la tía salirse con la suya con el nombre, pensaba, y le dijo a mi madre que si le ponía Verana le mataría a ella también. Y mi madre, no tuvo otra opción.


Castelgrandolfa es Verana pero tiene un aire papal que te asegura que la niña no salga ligera de cascos.
Solía decir la tía.
Pues a mi me habría gustado salir putón, pensaba a veces Castelgrandolfa, pero claro con ese nombre no he podido salir nada, lo único que hago es entrar. Y si al menos entrara putón… pero nada…

Muchos años después, su madre y su tía habían muerto, su padre seguía desaparecido y Castelgrandolfa se lamía las heridas sola en su casa.
Sabía que su vida no había sido como ella hubiera querido, que todo lo debía a su nombre. Si la hubieran llamado Verana ella se habría hecho llamar Vera y se habría ido a Cádiz. No quería pensar cómo hubieran sido sus veranos si la hubieran llamado Ava, Marilyn o Ana Belén. Pero a estas alturas, cuando se había dado cuenta de lo determinante que había sido su nombre en su vida, ya no iba a cambiarlo. Con su madre muerta y su tía, mirándola desde vete tú a saber donde, no había nada que ella pudiera haber hecho con su vida, sólo acatar su sentencia y vivirla lo mejor posible.

Sin embargo algo pasó aquella mañana. A veces suceden estas cosas, son como epifanías pero laicas. Señales que nos envía un mundo en decadencia y que nosotros somos capaces de decodificar.







Aquella mañana, Castelgrandolfa caminaba por la calle hacia el supermercado cuando de repente vió, en la acera de su calle, una llave de una puerta antigua. Una de esas enormes llaves de hierro del tamaño de un brazo.
No es que le molestase físicamente en su camino pero algo le hizo detenerse delante de la llave y pensó rodearla y seguir su camino hacia el super.
Se quedó mirando la llave por un momento y cuando ya iba a dar un paso a un lado se detuvo.

Siempre había dado un paso a un lado y rodeado las llaves que se había encontrado en su camino y si por una vez no lo hacía.
Sin pensarlo mucho más avanzó hacia delante, por encima de la llave, esperando notar algo especial. Esa fuerza que le iba a ayudar ahora, cuando ya tenía casi cincuenta años, a dar un nuevo rumbo a su vida. Este momento era determinante.

Cuando se quiso dar cuenta, Castelgrandolfa estaba al otro lado de la llave. La había pasado por encima y entonces su vida volvió a pasar ante sus ojos. Esa sensación de insatisfacción permanente, la idea de que estaba encerrada en un mundo delimitado por unas alambradas compuestas con su nombre.
De repente se volvió y, desde atrás miró de nuevo la enorme llave de hierro en el suelo, antigua. Ya en el camino que dejaba atrás.

Estaban allí todos los símbolos. Y la alambrada tenía una puerta que podría haber sido abierta con esa llave de oro que el universo había conspirado para dejar ahí.


Nah, pensó ella, y si pierdo todo este dolor, ¿qué me queda?

de repente 
dijo en voz alta:
Todo culpa del nombre. Si me hubieran llamado Verana…


Y continuó su camino al super.

DOMINGOS DE NOVIEMBRE


     Todavía no he sido capaz de encontrarle sentido a los domingos de noviembre. Probablemente nacieron de un fastidio pequeño pero tortuoso, similar al que experimenta un niño cuando su hermano mayor le hace rabiar. No te mata, pero no ayuda.

     Raúl solía entrar en el cuarto de su hermano pequeño, Daniel, sacaba la caja de sus juguetes, cogía el coche de metal de policía, el preferido de su hermano y, armado con un destornillador se dedicaba a, de forma meticulosa, desensamblar todas las piezas posibles del coche, una a una, poco a poco. Invirtiendo la paciencia de un relojero suizo. Después volvía a unirlas, una a una y se guardaba los tornillos. Finalmente esperaba, pacientemente a que su hermano llegase a jugar.
Sentía un deleite especial al ver como el pequeño, el preferido de todos, se dirigía a su caja, la abría con cara de emoción y sacaba su coche. El coche de policía. Entonces, este se desarmaba entre sus manos.
Así, blam, y se desarmaba.

     De su mirada herida y necesitada de una explicación, de ese sentimiento de impotencia e incredulidad, justo un instante antes de saltar como resorte lleno de rabia hacia la habitación de su hermano, nació una tarde de domingo de noviembre.

     Dani tenía la ira contra su hermano para luchar contra las tardes de domingo de noviembre.

     Nosotros no tenemos más remedio que quedarnos con el juguete roto entre las manos. Confiando en que, antes o después, podremos volver a ensamblarlo y ya se habrá ido noviembre.






DE LO QUE LAUREN BACALL PENSÓ SOBRE LA MUERTE DE ROBBIN WILLIAMS





LO QUE LAUREN BACALL PENSÓ SOBRE LA MUERTE DE ROBIN WILLIAMS

Pobre hombre. El caso es que no lo conocía mucho pero me reí en algunas películas. De todas formas, alguien tan joven que acabe así, es triste. ¿Quién se lo iba a decir? Igual debería enviar una corona de flores a la viuda… Bueno… Mejor mañana… Puede que piensen que me meto donde no me llaman. No sé, bueno. Lo pienso y mañana me decido. A ver si me quito de encima la carta de aquella periodista. Lo de siempre. ¡Y yo qué sé cómo era Humphrey, por dios, que murió en el 57 y estamos a 2014! ¿Cómo pretenden que me acuerde? No estaría mal que un día me…

APRENDER


Esa misma tarde comenzó, así sin avisar.
Era un dolor de muelas y Rosa pensó que se las apañaría sola. ¿Para qué iba a tener que avisar a nadie? Con el paso de los días el dolor no creció aunque tampoco disminuyó. Incluso, la mujer se dio cuenta de que era un dolor bastante distinto a otros dolores de muelas que tenía, no era agudo, separecía más a un escalofrío que de vez en cuando le invadía desde el interior de su boca, aunque la sensación era, indudablemente, de dolor. Aún así no dijo nada. ¿Para qué?

Pasaron algunas semanas y ese dolor no desapareció. Parecía atacar a ráfagas, a veces incluso era como si remitiese, para luego volver y extenderse de nuevo. Incluso se le hinchó un poco un carrillo, pero muy poco, casi imperceptiblemente.
Pensó entonces en ir a un dentista, pero al no ser un dolor como de muelas como el habitual desechó la idea inmediatamente. ¿Qué dentista del mundo sabría algo sobre aquel dolor?

Lo extraño fue cuando ya llevaba más de dos meses. Entonces el dolor de muelas se extendió al tobillo. La sensación era muy extraña porque la muela, además de dolerle donde siempre suelen doler las muelas también le dolía en la extremidad derecha. Esto, obviamente confirmó su decisión de no comentarlo con nadie. A ninguna persona le gusta que le tomen por un bicho raro o por un loco. Por otro lado, volvió a sopesar la idea de ir a un médico, pero ¿a cual? ¿Al dentista? ¿Al traumatólogo? ¿Al podólogo tal vez?

El dolor de muelas en el tobillo le dejó una casi imperceptible cojera que, bueno, desde un punto de vista estético daba un poco igual porque casi ni se notaba. Era cierto que si a alguien le daba por mirarle el carrillo ligeramente inflamado y la sutil cojera enseguida notaría algo extraño, pero ¿quién va por el mundo fijándose en carrillos y cojeras? Prácticamente nadie. Tampoco era un problema muy grande.
Varios meses después el dolor de muelas también apareció en la cadera. ¡Qué contrariedad! Era exactamente igual al de la muela y el tobillo: una especie de escalofrío con sensación de dolor, todo muy ligero, que se extendía como a oleadas desde los centros donde se producía. Nada, no habría quién le pudiera ayudar. Y aunque la secuela esta vez fue tener que andar inclinada ligeramente a la derecha, bueno, tampoco se iba a notar tanto. Además, por suerte la cadera en la que le dolía la muela era la contraria al tobillo en el que también le dolía.

Con el paso de los meses el dolor le apareció en infinidad de sitios: un ojo, el codo, el pliegue de una oreja, detrás de una rodilla, un poco más abajo de un hombro, en la falange de dos dedos y en cuatro o cinco pestañas. Siempre con sus secuelas físicas, casi imperceptibles, casi inexistentes si las analizabas una a una. Y al fin y al cabo, no había nadie que fuera a dirigir su mirada desde una oreja hasta una pestaña y luego al codo, el tobillo, detrás de la rodilla y demás. En el fondo no pasaba nada.

Aquella tarde, Rosa caminaba por la Gran Vía cuando, de pronto, vio a lo lejos… ¿Era ella? ¡Sí era ella! ¡Andrea! ¡Mírala! Rápidamente corrió a saludarla. ¡Andrea! ¡Andrea!
Su amiga la vio acercarse caminando de lado, con la cara hinchada, cojeando de una pierna, rascándose un brazo… La miró por un segundo antes de abrazarla y su cara se enterneció. Rosa la estrechó entre sus brazos. Después de unos instantes ambas se separaron.
Rosa, preguntó Andrea, ¿qué te ha pasado?
Rosa permaneció en silencio un instante. Entonces miró a Andrea y le dijo, no sé chica, me duele una muela un poco.
Andrea estalló en una de esas sonrisas que iluminaban todo cuanto sucedía a su alrededor y le dijo, ¿por qué no vas a un dentista?. La mujer no supo qué contestarle.

Dos días después, el doctor Hertz, reputado odontólogo argentino extraía el molar de su paciente en una sencilla operación que duró la friolera de quince minutos.
Rosa puso un pie en la calle y entonces se dio cuenta de que no le dolía el tobillo. Comenzó a caminar y pudo cerciorarse de que ya no tenía que ladearse hacia la derecha, porque su cadera estaba en perfectas condiciones. ¡Igual que todo lo demás! Entonces se giró, pensando en que tenía que decírselo a alguien pero… En el fondo daría igual, daba igual, siempre era igual: por suerte no había nadie que se fijara en la gente, ni cuando estaba enferma ni cuando no lo estaba. Y continuó su camino, como siempre, a prisa, pensando.

Mi hija se llama Cerdaputa: un cuento de monjas sobre la crisis



El “ring” sonó extraño cuando le tocó el turno a la monja. Fue más una especie de “gong” y aquello la contrarió bastante. Ella estaba sentada en una de esas incomodísimas sillas acolchadas de la oficina de empleo. Después de varias horas de espera, su trasero había adquirido la forma plana del asiento y a la hermana Matías le preocupaba que esto pudiera ser pecado. Entonces sonó “gong” y en vez de “ring” y se enfureció.


- Oiga –le dijo a la funcionaria que le atendió- ¿por qué ha sonado “gong” en vez de “ring”.


La funcionaria era una mujer redonda. De cabeza y pelo redondos. Con brazos y piernas redondas y todo redondo. Fumaba un cigarrillo redondo aunque estaba prohibido con una señal de prohibido redonda, y hacía “oes” con el humo que salía por su boca redonda.


- Y que quiere que yo le cuente, doña Matías.

- No, hermana Matías –dijo la hermana Matías, mientras señalaba con sus dos pulgares el hábito que vestía.

- Bonito hábito.

- ¿Cuál?

- El de señalarse a sí misma con los dos pulgares.

- Lo heredé de una jefa-monja que tuve, sor Conchinchina. La pobre…

- ¿La mató usted?

- No, a ella no. Ella se fue.

- ¿Dónde?

- Pues, ¿Dónde va a ser? –respondió la monja indignada- Pues muy lejos.


La funcionaria redonda expulsó rápidamente el humo por su boca. De hecho lo hizo tan rápidamente que en vez de salir en forma de “oes” le salió en forma de tubo.


- Bonito tubo –señaló la hermana Matías.

- La que tubo…

- Retubo.


Entonces la funcionaria volvió a soltar el humo del cigarrillo con vehemencia y rapidez formando un segundo tubo que flotó al lado del primero, que aún no se había desvanecido.


- Efectivamente –añadió señalando al segundo tubo- Retubo.


Entonces la monja se dio cuenta de que le funcionaria llevaba un buen rato sin darle caladas al cigarrillo mientras todavía soltaba humo de vez en cuando.


- ¿Cómo lo hace? – preguntó maravillada.

- Pues generalmente con pimiento. – Respondió la otra- Hay gente a la que no le gusta echarle pimiento, pero a mi me pone como un rinoceronte embrutecido.

- No, si digo lo de el humo.

- ¿A qué se refiere? – preguntó intrigada la funcionaria mientras expulsaba otra calada.

- Lo de echar humo sin fumar del cigarro.

- ¡Ah, se ha dado cuenta! –respondió la funcionaria con una sonrisa emocionada.

- Sí, me he dado cuenta –admitió la otra también con ilusión- es que soy muy observadora. Y un poco zorrón, también hay que decirlo.

- Pues lo del humo me sale así.

- ¿Así?

- Sí, es que soy muy humana.

- ¿Por lo del humo?

- Claro, y porque soy gordita. Los gorditos somos muy humanos.

- Bueno, y los no gorditos –añadió la monja- Míreme usted a mi, que soy flaca y estuve viviendo cuatro años en Humanes.

- ¡Fíjese! –contestó la mujer redonda con asombro. Y añadió – Yo viví dos años en Tetuán, y claro, así tengo estas.

La hermana Matías se las miró.

- Muy orondas, sí señora, muy pero que muy orondas.

- Pues sí.

- Pues nada, ya hemos hablado sobre cómo se ha producido la crisis y cómo se podría solventar, ¿no?

- Sí, sí –añadió la funcionaria- Ahora sí que sí.

- Y a partir de ahora va a cambiar todo, ¿verdad? - preguntó la hermana para asegurarse.

- ¡Uy! ¡Todísimo!

- Pues me deja usted mucho más tranquila.

- Eso que se lleva.

- Entonces la dejo que atienda al siguiente – dijo la hermana Matías levantándose del sillón.


La funcionaria presionó el botón del siguiente turno y sonó un “gong”.


- ¡Vaya, debe ser que ahora suena “gong”! – Exclamó la monja aliviada.

- Sí, debe ser que ahora suena “gong.”

- De todas formas, ¿qué más da “ring” que “gong” – admitió.

- “Ring”que”gong”, “ring” que “gong”, “ring” que “gong” – canturreó la otra alegremente- y luego añadió. Pues tiene usted razón. Y volvió a expulsar humo por su boca, aunque esta vez dibujó un osito que movía su mano derecha como diciendo adiós.


La hermana Matías comenzó a andar, mirando al osito desvanecerse mientras le saludaba con una mano. En su camino se cruzó con una bailarina rusa de color azul, que era la que tenía el turno siguiente.

Y tan contenta se marchó de nuevo al convento.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


DESAYUNO EN MALASAÑA


Tengo tu olor escondido en mi retina. Es como un olor azul, vigoroso pero tímido y algo asustado.

Tengo tu olor escondido en mi retina, y mira que iba con cuidado esta vez. Salí a la calle aquel día con escafandra, no fuera a cruzarme contigo. Bajo mi jersey llevaba un chaleco antibalas, ninguna protección era poca y, por si acaso, había arrancado las paredes de un refugio nuclear y me las hice implantar debajo de mi piel, sólo para estar seguro. Ahora sí que no había duda.

El primer paso lo di con sutileza y cautela. La sutileza la tomé prestada del sonido que hace una mota de polvo al caer sobre la cabeza de un alfiler. El típico alfiler cuya punta se hunde con agudeza sobre la diminuta almohadilla de un costurero que algún descuidado dejó abierto. Alguien habrá que diga que jamás ha sido capaz de escuchar este sonido. Pero yo sí, y estoy casi convencido de que tú también. Entonces no lo sabía, y nada me podía hacer sospechar que había algo que se me escapaba. Y yo que creía que con esa sutileza nunca te darías cuenta de que había puesto un pie en la calle.

Para la cautela opté por vigilar las calles de alrededor de mi casa con cámaras, las 24 horas del día, durante una semana. Me esforcé en conocer a todos los que pasaban por delante de mi puerta, el lugar donde vivían y las trayectorias que solían llevar. Hice, incluso, cálculos matemáticos muy precisos con las posibilidades de alteración en su recorrido. Y nada más poner un pie fuera, supe que a la primera que me encontraría sería a la señora Paula, regordeta y bamboleante, en zapatillas por supuesto, pero un poco más escorada hacia la derecha de lo que yo había calculado. Luego debía pasar Justo, con la prisa de siempre. Ningún peligro. Y ahora tenía exactamente tres minutos y veintitrés segundos para cruzar la calle antes de que pasase doña Matea. Dicen que toda cautela es poca y, sin embargo, yo creo que cualquier sutileza es la que siempre acaba siendo insuficiente en estos casos.

Me faltó sutileza.

Había engomado las calles, para no despertarte con el roce de las suelas de mis zapatos. Escondí microchips bajo el asfalto, para asegurarme de que esa mañana no pasabas, y así no podría suceder. Un grupo de Geos de excedencia vigilaban todas las esquinas de los edificios de las calles de la ciudad del mundo que iba a recorrer. Un sofisticado sistema de comunicación me avisaba de todos las anomalías que se produjeran en mis científicos cálculos matemáticos. Infalible. Micrófonos ocultos en las flores, sortilegios olvidados entre las rendijas de los adoquines que llevan a tu casa, contacté incluso con inteligencia extraterrestre para que rastreasen el universo en busca de cualquier vibración extraña que pudiera notarse en el espacio.
Y me decidí a salir a la calle. Desconfiado y muerto de miedo aunque con la seguridad de que no podía pasar.

Por eso pasó, claro.

En una noche en la que casi no se escuchaba nada.
Y ahora tengo tu olor, tu aroma que se esconde en mi retina y le da otro tono a lo que veo.
Y qué puedo hacer yo sino respirar.
Profundamente.

Sólo respirar.

Cada vez más.

SOBERBIA


Hay un hombre que vive en mi tejado. Lleva un sombrero raído, gris y besucón, casi como si estuviera vivo. Debajo, su cabellera le cae sobre la cara y parecen matojos de plantas secas, amarillas y blancas que si los tocas se rompen en mil pedazos. Permanece estático este hombre. Sin apenas moverse dentro de su traje, también gris. Vigila desde arriba los movimientos de la gente, el machacón ir y venir de todos los que pululan bajo sus pies.
Irivenir-irivenir.

Hay algunos que juran que una vez le oyeron hablar, y decía que esperaba. Sólo esperaba.
Esperar.
Dicen que sólo esperaba a que alguien le mueva de allí algún día y mientras tanto, mira desde arriba y ve cómo la gente pasa. De allá hacia aquí y vuelta a empezar. Así una y mil veces, una y mil gentes.

Y esperar.

De vez en cuando alguna mota de polvo se le posa sobre un hombro, quizá sobre un codo. Entonces la mira con recelo y cierta curiosidad. Y luego mueve una mano, levemente, para evitar que la mota se asuste, y la sacude con un ademán afectado y leve, casi gris, que no manche su traje. Gris, he dicho que era gris, pero no triste.

El traje.

Seguro que a veces se acuerda del primer día que se subió a mi tejado y todo el mundo se agolpó ansioso pensando que se iba a tirar. Mírale. Algunos incluso reían. ¿De dónde ha salido?
Durante un tiempo hasta le llevaban comida, pero él no necesitaba comer. Sólo permanecer allí y esperar. Su pelo era negro, fuerte e inflexible y parecía querer salir a toda costa de ese sombrero, que tenía que agarrarse con virulencia a las sienes para no ser defenestrado.
Ni que decir tiene que la comida sirvió de improvisado festín de pájaros y bichos, que en los tejados todos tenemos bichos.
Entonces dejaron de llevarle comida.
Y es que él no la necesitaba.

Una mujer subió un día, a mi tejado, a ver a aquel hombre. Y le ofreció su cuerpo. Le besó en el cuello, le acarició con sus gloriosas y deseadas manos. Apoyó sus pechos sobre su espalda y le tentó su sexo, despacio, hacia arriba y hacia abajo.
Pero él no necesitaba de la tersura de sus dedos. Y la mujer acabó por marcharse.
Todos tenemos a alguien en el tejado que acaba por marcharse.

En otra ocasión un avión que provenía de alguna maldita guerra, siguiendo el curso de su naturaleza, hizo un quiebro estúpido y derramó a un paracaidista que cayó al lado del hombre.
Los dos sobre mi tejado.
El paracaidista se mantuvo expectante mientras pensó que su misión empezaba. Esperó y esperó a que llegase el enemigo pensando que aquel hombre podría ser su compañero. Pero al ver que no había enemigo también abandonó mi tejado. El hombre que permanecía allí inerte sabía de sobra que nadie vendría a hacerle el amor o la guerra a aquel soldado extraviado. Pero como no era su guerra, jamás le dijo nada.
Él sólo esperaba y esperaba.
Sigue esperando.
Espera y espera.
Con el tiempo la gente se ha ido acostumbrando a su presencia allí, encima de mi tejado. Y ya casi nadie lo mira.
Ya casi nadie lo ve.
Todos siguen con sus vidas, quizá conscientes de que existe. O quién sabe, igual ya lo han olvidado.
Dicen algunos, en las ya raras ocasiones en las que alguien habla de él, que por fin sabe que nadie vendrá a bajarle.
Otros añaden que cuando lo descubrió pensó que lo mejor que podría hacer es bajar él mismo. Saltando. Y ya estaría abajo. Es fácil.
Sin embargo también se dio cuenta que no necesita saltar para llegar abajo. Al fin y al cabo todo el mundo tiene a alguien en su tejado que algún día se da cuenta que no necesita saltar para llegar abajo.
Así que ahí sigue. Arriba. Sin saber por qué está allí.
Simplemente porque ya sólo sabe estar allí.
Arriba.
En mi tejado.

El Apocalipsis

El primer día que Andresito decidió utilizar su clavo con la señora Donors no pensó que fuera a tener aquel efecto. Obviamente él esperaba un “Ayyyy”, un tortazo… En fin, algo razonable. Lo que jamás imaginó era que al pinchar a la señora Donors con su clavo en el culo, la señora Donors sería tan excéntrica de explotar como un globo. Igual había calculado mal las reacciones. Claro eso debía ser. Hay gente que no se molesta, o no siente dolor. Simplemente explota como un globo y ya está. Bueno, eran diez años los que tenía, todavía le quedaban muchas cosas por aprender del mundo.

Lo siguiente se le fue de las manos. ¿Cómo se lo iba a imaginar? Todavía podía saborear el donut de esa mañana mojado en el Cola-cao. Su hermana canturreando canciones, como siempre. Su madre peinándole. O el profesor castigándole por vaciar la mochila de Angel Manuel sin que se diera cuenta y comenzar a tirarle sus libros y bolígrafos por la ventana. También era cierto que le molestaba ser uno de los pocos que todavía no escribían a boli, y que Angel Manuel era uno de los primeros a los que habían pasado de lápiz a boli. Pero sobre todo porque era muy pelota con la seño.

¡Bammm!

Y adiós señora Donors. En el fondo no le caía bien.¿O sí? Tenía que asumirlo, aunque él no hubiera utilizado nunca esa palabra porque no sabía que existía. Aunque si iba a ir por el mundo explotando señoras Donors debería empezar a conocer la palabra “asumirlo” y otras como “castrense” o “deflacción”, incluso.
Igual sí le caía bien. En el fondo no había sido nada personal, simplemente tenía el clavo en la mano, la señora Donors se había agachado en el portal a recoger un papel y Andrés, como ya sabía que iba a ser castigado, decidió hacer eso que siempre quiso, clavarle un clavo en el culo a alguien, y salirse con un solo castigo por dos delitos. Estaba bien pensado.
Hasta que la señora Donors explotó.

¡Bammmm!

¿Y ahora qué hacía? Andresito se quedó mirando los restos de la señora Donors que eran como un plastiquillo finito esparcido por toda la entrada del portal. Y su marido, el señor Donors abrió la puerta. Sucedió en un instante:
Miro al suelo y veo los restos de mi querida esposa Donors que ha explotado.
Miro a Andresito y veo un clavo en su mano y cara de desconcierto.
“Mequetrefe” gritó. “Ahora voy a tener que comprar otra. Pero esta me la van a pagar tus…”¡BAMMMM!”.

Y no pudo continuar acusándole de nada, no por falta de pruebas, sino porque Andresito corrió hacia él y le pinchó con su clavo en la pierna. Por supuesto, el señor Donors explotó. No iba a ser menos que su mujer.
Andresito sintió cierta gracia. Bueno, como todos cuando se acaba un cumpleaños y nos dejan pinchar los globos. Es lo más divertido del cumpleaños, aparte de tirarle tarta a alguna tía del cumpleañero.

El caso es que Andresito comenzó a subir las escaleras del edificio mientras pensaba que estaba dentro de un videojuego. Llamó a un timbre: la señora Ramasa. A esa sí que le tenía manía por entrar en casa casi todas las mañanas, cuando su mamá le estaba peinando. En medio de los tirones de pelo.
La señora Ramasa abrió: ¡Andresito! Pero ¡BAMMMM! Adiós señora Ramasa. La siguiente fue su hija mayor, Lucelia. “¿Qué le has hecho a mi madre, desgraciado?” Pero

¡BAMMM! Tampoco se perdía mucho.

Luego a la otra hija Rocelia: ¡BAMMM! ¡A la mierda Rocelia! Y lo mejor de todo era que no manchaba ni nada las paredes, ni la ropa, ni nada manchaba.
Luego cambió de táctica y decidió apostarse en un recodo de la escalera y sorprender a sus víctimas. Dicho y hecho.
El señor Gustafsón: ¡BAMMM!
La señora María del Mariadel: ¡BAMMM!
Incluso el perro de la señora María del Mariadel.

Era todo muy extraño. Ya eran las cinco de la tarde. A esa hora tendría que haber llegado a casa hacía mucho, haberle dado a su madre el parte del colegio, habría comido y luego habría estado castigado el resto del día, ya que no le dejaban volver a clase esa tarde ni al día siguiente.
Sin embargo no había oído ninguna puerta abrirse en el bajo, donde él vivía.
“Bah, pensó” voy a por la vieja Turruchi y luego me voy a casa.
Subió al cuarto, en busca del timbre de la vieja Turruchi saltando de dos en dos los escalones y pensando de dos en dos los agravios que esa vieja amarilla fosforescente le había hecho desde que era pequeño, los tirones de mejilla, los besos babosos. Se acabó.
Todo se acabaría.
Llamó al timbre “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr” era uno de esos timbres secos y feos.
La vieja Turruchi abrió, llevaba algo en la mano, pero entonces. ¡Mierda! A Andresito se le cayó el clavo. Se agachó lo más rápido posible para, a pesar de todo, sorprender a la vecina. Y en una de sus fracciones de segundo reconoció lo que la vieja Turruchi tenía en la mano: un clavo.
Mierda. Pensó al notar un pinchazo en el culo.

¡¡¡BAMMMMM!!!

Era extraño. Al pinchar a aquel mocoso en el culo ella se hubiera imaginado un “Ayyyy” o quizá una pesada y larga llantina. Pero nunca se habría esperado que Andresito fuera a explotar. Muy extraño.
Por eso cuando la puerta de su vecina se abrió y vio sus ojos aterrorizados al descubrir los restos de plastiquillo que quedaban del muchacho, no se le ocurrió otra cosa que pincharla también. ¡¡¡¡BAMMMM!!! Y su vecina explotó. ¡Qué extraño! Pero hacía mucho, muchísimo tiempo que no se divertía tanto. Además, a su edad que iban a hacerla, ¿condenarla a la cárcel?
Decidió bajar un poco por la escalera, para ver si alguien pasaba
y justo
entonces…

CONFIANZA


Anoche, justo cuando te estabas quedando dormido, conseguí ser por unos segundos las yemas de tus dedos.

Intentaba acercarme a ti, de la forma en la que el vapor se te adhiere al cuerpo, inadvertido y cálido, rodearte de mí, descuidado y frágil y conseguir colarme en tu inconsciencia como un sentimiento, no como un ser humano. Sin embargo me equivoqué, o al menos eso pensé al principio, y acabé formando parte del tacto de tu piel.

Al principio la sensación fue algo extraña, la forma en la que tú rozabas mi piel transpiraba una sensación difícil de soportar, desde mi cuello, avanzando por mi espalda hacia abajo, notaba el contacto de tus dedos como un fuego intenso que me cargaba de sensaciones. Luego el tacto parecía reverberar como un eco llameante e inmediato, mientras podía sentir mi propia piel a través de tus terminaciones nerviosas. Mi piel y tus dedos avanzando lentamente por mi espalda. Suaves.
Después del pánico inicial, empecé a acostumbrarme a esa sensación doble y jugosa, que despertaba en mí un deseo que jamás había sentido antes. Hubiera sido hoguera solo para que pudieras arder dentro de mí para siempre.
Luego la razón comenzó a desperezarse, primero patosa y lenta, luego a codazos. Pero yo era todo piel y me costaba escuchar lo que trataba de decirme. Además, con los años he aprendido a desconfiar de su voz.

Creo que incluso pude entreabrir los ojos, probablemente embadurnado en algún gemido espontáneo y a destiempo, para comprobar como un aura blanquecina que debía estar iluminando la habitación desde hacía un rato, se desvanecía súbitamente, aterrada al verse sorprendida.

En ese instante, justo entre la percepción de la luz y el estallido del candor de tu piel en mi piel y de mi piel en mi piel, cuando parecía que todo el universo iba romperse en una miríada de constelaciones sensitivas, justo ahí, debió producirse un pequeño hueco que la razón primero y el desconcierto después acabó por blindar, asegurándose un espacio, como no podía ser de otro modo, razonable.

Ahí dejé de ser tu piel, para volver a ser mi piel en tu piel y caricias, un sentimiento noble y fuerte pero, a esas alturas, segundón.

Justo después de llegar al éxtasis, cuando te habías dado la vuelta, supe que aquel aura blanca huidiza y engañosa provenía de tu teléfono. Exactamente igual que aquella otra vez. Abrí los ojos y me senté en la cama intentando discernir las figuras de los muebles de la habitación, haciendo cálculos de cuántas esquinas existían, de cuantos recodos podrían esconder cualquier tipo de secreto, de cuántas llamadas furtivas se habrían colado ya antes sin que yo, arropado y descuidado, hubiese movido los párpados. Y odiándote en el fondo, porque habías introducido en mí un miedo contra el que no podía luchar.

Estaba amaneciendo y alguien debió haberte querido mucho más.

La boda de ella y él.


Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.


Furibundo y poderoso, el grito de la tía Tantiaguri se había esparcido por toda la sala para deleite de todos los que la conocían, que lo esperaban antes o después. Y es que, como en todas las ocasiones familiares, la tía Tantiaguri se había puesto en pie para gritar eso de “Yavestú, con setenta y tres años y me cojo la primera borrachera de mi vida.”

Vieja Borracha.

- Hija –brotaba el padre emocionado, elevando el tono de voz para hacerse oír sobre el racimo de golpes que proporcionaba a su primogénita en el hombro mientras le hablaba- Hija –plock, plock- Tu tía Tantiaguri no se hubiera perdido este día –plock, plock- aunque hubiese tenido que venir andando –plock, plock- en chanclas.

Y por el aire del banquete de bodas se extendía el típico sonido que uno nunca sabe si es una “a” una “e” o una “r”, prefabricado entre todas las voces de los invitados que, ya a aquellas horas del vino, no tenían ni textura, ni color, ni tono mesurado.

Y luego, la tía Tantiaguri otra vez: Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Vieja borracha.

Jamás hubo otra boda igual en el mundo.


Ella, no podía creerlo cuando él se le acercó a la salida del trabajo. En su primer día, y utilizó el truco de “¿Sabes que te pareces a Sofía Loren de joven?” Porque ella sabía que era un truco.

Ya ves tú. Un truco.

Pero no se lo podía creer. Y se dejó mecer por las sutilezas de sus gestos y los movimientos un tanto exagerados de sus brazos. Y la sonrisa.

Esa cafetería siempre estaba llena de gente, pero había un sótano, con la luz baja, caña en las paredes, vigas de madera y enormes sofás rojos y mullidos a ras del suelo en los que sentarse y acorralar a su víctima. Porque ella ya le había elegido. Por eso la conversación fluyó rápido. Desde el primer momento a ella le gustó que él vaciase todo el contenido de sus bolsillos encima de la mesa: móvil, llaves, tabaco, temas de conversación. Y entonces, se produjo un silencio, ella provocó ese silencio, y él no pudo menos que acercarse a sus ojos para besar sus labios.

En aquella cafetería, siempre tan llena de gente.

Envueltos por el humo de los cigarros, la sequedad de una botella de Lambrusco y el color anaranjado que los acariciaba. Calor. Calor hacía falta.


“Sabes lo de ella y él. Si que están juntos no. Si desde hace una semana. Ya me lo imaginaba. Dicen que se enrollaron el primer día de el. Ella lo llevo a su casa. No se lo digas a nadie que lo quieren mantener en secreto. Claro que se acostaron. Pues a mi ella me parece poca cosa para él.” Fragmento de conversación obtenido con grabadora oculta en la cocina de la oficina una semana después.

Ella llegó una tarde, y mientras estaban desnudos, así en la cama, ella le sopló lentamente, despacio, acariciándole con el aire que salía de su interior, un aire que era suyo, de él.

Ella llegó esa tarde y no se volvería a marchar…


Bah, es igual. No es muy importante. Tampoco creo yo que se vaya a enfadar. Es comprensivo. Es cierto que él tiene ganas, pero no creo que me quiera obligar a que vaya con él. De hecho, no creo que le importe que no vaya. Incluso, probablemente, seguro que, a las claras, tampoco le importa ir a él mismo.

Otra vez.

Porque ella seguía acariciándole con su leve brisa por detrás de la oreja, bajando por el cuello, deteniéndose en sus hombros, recorriendo su espalda, por entre sus glúteos y sus muslos, hasta llegar a sus pies.

Bueno, tampoco se tienen que hacer las cosas por obligación. No creo que le importe demasiado. Él siempre comprende. Si a mi no me caen bien, no importa, hasta es sano. De hecho, tampoco les ve tan a menudo. Y casi mejor para él. Que al fin y al cabo es lo que a mi más me importa.

Nunca.

Y luego él llegaba a casa y ella le hacía sentir como si en realidad, hubiera llegado a casa. De nuevo con calor, y sus brazos, sus besos, sus palabras. Y él sentía que había llegado a casa, sentía como si hubiera llegado a casa.

Y por eso cuando él le preguntó qué entendía ella por amor, ella le respondió algo que no tenía nada que ver con él. Nunca.

Pero él seguía tan allí. Y ella también.

Él siempre acababa por seguir allí.

Porque aquel amor era tan importante para ella, e incluso para el mundo.

Por eso, aquella boda fue tan grande.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Gritaba la tía Tantiaguri en el momento en que sirvieron el postre.

Uvas.

Elegidas por ella. No por él.

Aquel amor era tan grande. Aquella boda era tan enorme. La tía Tantiaguri, tan inconmensurable, con aquel grito de primera borrachera a sus setenta y tres años.

Vieja borracha.

Y en aquel amor tan grande, enorme e inconmensurable estaba ella tan enfrascada que no se dio cuenta de que él miraba a aquella uva con un ardor extraño, con unos ojos grandes, enormes, inconmensurables.

La miraba

la miraba

no podía parar de mirarla.


Entonces pasó.

Él abrazó con sus labios carnosos y sonrojados el óvalo que describía la superficie de la uva. Con miedo de apretar demasiado los labios pero con la seguridad de que su caricia se vería correspondida. Sintiendo como cada milímetro de sus labios, cada roce con su lengua hacían estremecerse a su pequeña amante, que por caprichos del azar acabó aquella noche sobre su plato. Aquella pequeña uva, insignificante…

Mírale dijo alguien ¿quieres acabarte ya esa uva?

… Y ella estaba sintiendo lo mismo que él. Su color verdoso la delataba, la apertura de aquel agujero que le había provocado separarse del racimo. El mismo agujero que tenía él y hacían algo parecido a mirarse, la uva y él…

Mamá, tú y los otros tiráis del brazo, nosotros tiramos de la cabeza y alguien que intente quitarle la uva.

…¿se atrevería?

El amor que ella sentía por él, todas las veces que ella se ocupaba de que él estuviese en casa como si estuviese en casa. Todas aquellas caricias, labios, luces anaranjadas envolventes, todo aquello le impidió darse cuenta de que, antes o después él se libraría de todos y se marcharía muy lejos. Para siempre. Aquella misma tarde.

Porque se enamoró de una uva.

Una uva.

..

..

..

Años después se cruzaron. Hacía un viento terrible. Y se saludaron. Holaquetalholaquetal. Bienbien. Me alegro de verte. Yo también. Beso en la mejilla. Me alegro de verte. Adios. Adios.

Una uva.

Desamor, de repente una tarde


Fue justo antes de dejar de respirar.
Dejar de respirar en rojo.
Fue justo antes de dejar de respirar en Rojo cuando a ella se le fue el desamor. Qué sensación más jodida y a la vez inadvertida.
Era como tener mantequilla recorriendo tus venas, mantequilla como la de las tostadas aún calientes pero no lo suficiente. Una especie de líquido que por momentos se hacía espeso, amarillento para volverse otra vez líquido y así para siempre.
Parecía que para siempre, aunque ella no lo advirtiese.
Poco a poco la mantequilla, a veces sólida, había comenzado a extenderse por su cuerpo y conformaba ya una fina capa que se extendía por todos sus órganos, desde su cerebro hasta las uñas de los pies, el corazón que dejó de latir con normalidad, el tacto, que ya no funcionaba bien, los ojos, que percibían a través de ese amarillo líquido que no era líquido.
Pero ella no se daba cuenta.
Y sentía como una quemazón, como si en el fondo estuviera en otro lado y casi pudiera verse desde fuera. Era una quemazón así, todavía caliente pero no lo suficiente.
Aunque quemaba por dentro.
Y fue justo eso, el día que dejó de respirar en rojo, cuando se dio cuenta de que lo había pasado.

Era por la tarde, probablemente entre las siete y las ocho.

Y ya no quemaba. Y volvió el tacto y el gusto y la vista.

Y ella se detuvo, de repente, en medio de un inmenso vacío pasillo del metro, decorado con el blanco apisonador de la luz del subterráneo.
Se detuvo y pensó si en el fondo había merecido la pena tanto esfuerzo para eso. Para que una tarde, cuando uno menos se lo esperaba, dejaba de doler.

Se preguntó si acaso era posible morir por amor.

Ella.

Dormir sin amor


Me quemo los hierros, por dentro. Pero todo tiene fecha de caducidad. Hasta eso.

Contemplo cómo duerme mientras me levanto, desnudo, por territorio desconocido buscando agua, como si transitara por un desierto.

Vuelvo, desnudo sin conocer bien cuánto frío podrian darme estas paredes en el caso de que necesitase posar una mano sobre ellas. Continúo. Vuelvo desnudo por un territorio que no conozco y me siento como si estuviese caminando sigiloso por el campo de un estadio, repleto de gente, que contiene la respiración y de cuya presencia sólo puedo sentir vibraciones.
Observado.

Le miro desnudo, tendido sobre su cama y, súbitamente, me tiro a su lado.
Sonríe con un ojo entreabierto, me pasa una sábana por encima y me agarra desde atrás con un brazo. Con fuerza.
Me da besos en la espalda, y se explica por ello.
Yo me pregunto qué grado de correspondencia existe entre el frío que podrían darme aquellas paredes ajenas y la temperatura de aquellos besos, que siguen pareciendome ajenos. Aún después de que su lengua recorriese el interior de mis muslos.

Se me antoja que deberíamos celebrar cada hora que pasó desde el momento en el que estuvimos a punto de fundirnos, cuando mi lengua se deslizaba por el interior de tus labios a destiempo, mientras mis labios se movian descoordinados, adrede, para subrayar aquel éxtasis extraño, pero ajeno.
Definitivamente deberíamos celebrar cada hora transcurrida como si fuese un aniversario.

Me marcho, le digo. Y protesta levemente aunque sabe que no duermo. Y me dice que él tampoco dormiría. Me visto a su lado y mientras, me mira.

Se calza unos pantalones cortos y me acompaña a la puerta. Es irracional pero me hubiera gustado que no se los hubiera puesto. Recordarle desnudo, en la puerta.
Ni siquiera me detengo ante un espejo.

Llámame.
Te digo que te llamaré.

Y me marcho, ajeno. Y quiero llamarte, pero no sé bien cómo funciona.

Espero volver a verte, aunque no sé bien cómo funciona.

Y ajeno.

COMUNICADO OFICIAL DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE CICATRICES (OMC)

"La vida de las cicatrices no es tan fácil como todos piensan. Jamás lo ha sido. Nosotras sabemos que, de vez en cuando, todo el mundo se dice aquello de, ¡Joder, fulano de tal vive como una cicatriz! Pero nuestra vida también tiene otro lado, del que no se habla, que nunca aparece en los medios de comunicación, donde toda referencia a las cicatrices suele ser vanal y frívola.

No es fácil estar siempre al quite, poder colocarse en un lugar y ser tan visible como lo podemos llegar a ser a veces. Tampoco es agradable comprobar como la mayoría de la gente nos degrada y nos denosta, intentando deshacerse de nosotras. No es fácil mantener unido lo que ha dejado de estarlo y, encima, se nos critica y se nos compara con gente con la que ideológicamente no tenemos nada que ver, como las marcas o, los aún más extremistas estigmas.

Por esto, desde la Organización Mundial de Cicatrices (en adelante la OMC) queremos desmentir los rumores que han llegado desde la ciudad de Madrid y que apuntan a que un grupo de nosotras ha estado destelleando, de forma intermitente y fosforescente. La OMC quiere dejar claro que aquello es falso. Que, además, nosotras odiamos profundamente lo fosforescente y lo intermitente, y jamás podríamos destellear de aquella forma.

Sin nada más que añadir, nos gustaría simplemente emplazarles a que recordasen, la próxima vez que viesen una cicatriz, sea como sea, recuerden que nosotras también tenemos sentimientos y que desempeñamos un duro trabajo para poder estar ahí, al pie del cañón todos los días.

Firmado

Cicatriz en la frente de hostión con una puerta
Secretaria General de la Organización Mundial de Cicatrices
Ginebra, invierno de 2008

**************

Shiuuuuuuuuu-shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Fulgor
Shiuuuuuuuuu-Shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Brillo
Shiuuuuuuuuu-shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Destellos

Y, como suele suceder casi siempre, en contra de lo anunciado oficialmente, las pequeñísimas cicatrices de liposucciones, operaciones de pechos y estiramientos de pieles comenzaron a emitir señales, a interconectarse las unas con las otras.
Y aquella mañana, sin saber por qué, los dueños de dichas cicatrices, hombres y mujeres salieron a las calles de aquella ciudad, repleta de fajas ondeando al viento, con su vista fija en aquellos elementos, dispuestos a acabar con lo que consideraban una ignominia, un deshonor.

En lo que fue el principio inanunciado de una guerra absurda...
O quizá debiera decirse, a secas:
Una guerra

Con delicada cerradura


Allá en un país lejano... Bueno, lejano para nuestra época. El doctor Maitingen afirmaba insistentemente haber inventado una máquina que podía medir con exactitud lo que se amaban las personas: unas a otras y por separado. Una inmensa máquina recogía, por medio de unos electrodos, las vibraciones electromediopedas expulsadas al exterior por unas glándulas situadas en bla,bla,bla,bla...

Ya ves tú,
las vibraciones electromediopedas...

La unidad de medida era el Maitingen (mtg).

Sólo había un problema. Nadie sabía a qué equivalía el Maitingen, si a un kilo de amor, o quizá a diez litros de cariño. Puede que a cuatro metros de consuelo. O quizá a varios megatones de esa sensación, suave, cálida y glotona que se produce al acariciar una mejilla con otra.

En aquella época, el señor Juan y su esposa, la señora Vicenta vivían en Alemania. Allá se trasladaron para intentar prosperar, hacer unos ahorrillos y volver.

Y el señor Juan vió el anuncio del doctor Maitingen en el periódico, buscando personas, parejas o matrimonios en los que hacer la prueba con su máquina.

Y medir

En Maitingens.

El resultado fue espectacular, en la ficha marcaba lo siguiente:

Recíproco: 40 mtg
Esposo: 23 mtg
Esposa: 35 mtg

Espectacular.

Punto.

Emetegé.
Emetegé.
Emetegé.

Pensó el señor Juan, cuando tantos años después, una vez muerta su mujer, se encontró con aquella caja de colores.

Si ella le amaba doce emetegés más que él a ella, pensaba, no era normal que tuviese una caja de colores.

Con llave.

Pero así era.

Vicenta decidió un día arrancarse el corazón, sin importarle siquiera los emetegés pensó que lo mejor era vaciar ese espacio y dejarlo en una cajita, de colores, donde nadie pudiera alcanzarlo, bajo llave. Para que sólo ella fuese capaz de encontrarlo y utilizarlo cuando quisiese.

Porque era su corazón.

Y lo hacía.

Lo encontraba y lo utilizaba cuando quería. Cuando lo necesitaba.

A veces con el señor Juan.

A veces para ella misma.

Allá dentro, bajo llave, tarjetas y recuerdos fueron llevándose poco a poco el corazón de la señora Vicenta. En silencio. Hasta permanecer casi olvidados, como buenos secretos,

Solo rescatados
Solo rescatados de vez
Solo rescatados de vez en cuando
Solo rescatados de vez en cuando cuando tenían
Solo rescatados
de vez en cuando,
cuando tenían que
ser
rescatados.

El señor Juan tenía ahora el corazón de su esposa muerta,
bajo llave...

Bajo una pequeña llave

con una cerradura

casi minúscula

casi invisible

que hubiera cedido casi

solo con abrir y cerrar los ojos.

El señor Juan miraba
la caja

de vez en cuando...

Aquella tarde lo volvió a hacer

Miró la caja

Como de vez en cuando hacía...

Luego comenzó a llorar

Lagrima caer, resbalar por su mejilla

Contacto con su piel

Y una leve, suave melodía comenzaba a sonar

Y lloró y lloró durante minutos que pudieron haber sido horas.

Y finalmente, se levantó, y volvió a dejar la caja

En su lugar

Sin abrir

Sin pestañear

Casi sin respirar

Para no romper su delicada cerradura.

Desde fuera, a través de las ventanas, se oyó una tremenda ovación cuando el señor Juan dejó de llorar. Cuando el milagro de aquellas notas musicales dejó de resbalar por sus mejillas.

El señor Juan jamás se atrevió a abrir
la caja que contenía el corazón de aquella
persona
a quien más amó

veintitrésemetegés

Emetegé
Emetegé
Emetegé

Vicenta murió la noche del doce al trece, entre un torrente de dolores.

Su corazón estaba en una caja

de colores

...