CONFIANZA


Anoche, justo cuando te estabas quedando dormido, conseguí ser por unos segundos las yemas de tus dedos.

Intentaba acercarme a ti, de la forma en la que el vapor se te adhiere al cuerpo, inadvertido y cálido, rodearte de mí, descuidado y frágil y conseguir colarme en tu inconsciencia como un sentimiento, no como un ser humano. Sin embargo me equivoqué, o al menos eso pensé al principio, y acabé formando parte del tacto de tu piel.

Al principio la sensación fue algo extraña, la forma en la que tú rozabas mi piel transpiraba una sensación difícil de soportar, desde mi cuello, avanzando por mi espalda hacia abajo, notaba el contacto de tus dedos como un fuego intenso que me cargaba de sensaciones. Luego el tacto parecía reverberar como un eco llameante e inmediato, mientras podía sentir mi propia piel a través de tus terminaciones nerviosas. Mi piel y tus dedos avanzando lentamente por mi espalda. Suaves.
Después del pánico inicial, empecé a acostumbrarme a esa sensación doble y jugosa, que despertaba en mí un deseo que jamás había sentido antes. Hubiera sido hoguera solo para que pudieras arder dentro de mí para siempre.
Luego la razón comenzó a desperezarse, primero patosa y lenta, luego a codazos. Pero yo era todo piel y me costaba escuchar lo que trataba de decirme. Además, con los años he aprendido a desconfiar de su voz.

Creo que incluso pude entreabrir los ojos, probablemente embadurnado en algún gemido espontáneo y a destiempo, para comprobar como un aura blanquecina iluminaba que debía estar iluminando la habitación desde hacía un rato, se desvanecía súbitamente, aterrada al verse sorprendida.

En ese instante, justo entre la percepción de la luz y el estallido del candor de tu piel en mi piel y de mi piel en mi piel, cuando parecía que todo el universo iba estallar en una miríada de constelaciones sensitivas, justo ahí, debió producirse un pequeño hueco que la razón primero y el desconcierto después acabó por blindar, asegurándose un espacio, como no podía ser de otro modo, razonable.

Ahí dejé de ser tu piel, para volver a ser mi piel en tu piel y caricias, un sentimiento noble y fuerte pero, a esas alturas, segundón.

Justo después de llegar al éxtasis, cuando te habías dado la vuelta, supe que aquel aura blanca huidiza y engañosa provenía de tu teléfono. Exactamente igual que aquella otra vez. Abrí los ojos y me senté en la cama intentando discernir las figuras de los muebles de la habitación, haciendo cálculos de cuántas esquinas existían, de cuantos recodos podrían esconder cualquier tipo de secreto, de cuántas llamadas furtivas se habrían colado ya antes sin que yo, arropado y descuidado, hubiese movido los párpados. Y odiándote en el fondo, porque habías introducido en mí un miedo contra el que no podía luchar.

Estaba amaneciendo y alguien debió haberte querido mucho más.

El pequeño caso del insigne Hermenegildo del Cáucaso. Apuntes de Historia e histeria.


Y fue ahí cuando el insigne Hermenegildo del Cáucaso, dirigiendo al pueblo sinfónico, entró musicalmente en Parabara, donde una multitud truculenta y frenopática le acogió como el gran líder de grasas que siempre juez.

Sin encargo, habría que retractilarse unos años antes, a la conocida como la “era Piticlín”. Durante aquellos años, la enorme pasa adormecida de la ciudad de Sancanutoh, allá en la lejana Lejana, buscaba desesperadamente salir del estío vital al que le habían conducido las locas gobernanzas del tirano Asserrín, quien tras poner para luego deponer a su hermano, Asserán, atormentaba a sus ciudadanos con ciudadanos atormentadores.

La pasa adormecida se dirigió a Hermengildo del Cáucaso, quien todavía no era conocido por su insigne sobrenombre. Y cuentan las fuentes y algún que otro riachuelo, que inicialmente hubo una gran confusión hasta que el loado guerrero musical y la pasa decidieron en qué idioma deberían hablar para entenderse.

No es este episodio, tal y como muestran de nuevo algunos mostradores, un episodio baladí. Tampoco es, como quisieran algunos poetas, un episodio baladó. La naturaleza e importancia de este momento la hubiera impreso cualquier pelusa que se hubiera deslizado por el marco de la puerta si por aquel entonces hubiera existido ya la imprenta y si las pelusas de aquel entonces hubieran sabido imprimir.
Volviendo al episodio que nos ocupa, esta conversación entre la pasa adormecida de Sancanutoh en la lejana Lejana y el insigne héroe caucásico, marcó el fin de la era Piticlín para inaugurar, como no podía ser de otra forma, la era Piticlán.

Sobre la consciencia de este momento entre los coetáneos de la ciudad discrepan de nuevo las fuentes, pero por lo general se pueden distinguir dos grandes grupos: las fuentes de agua potable suelen admitir la rápida expansión de la era Piticlán en la consciencia de los sancanutahnos. Las de agua no potable mantienen una postura más crítica sobre este extremo, aunque la historiografía ya ha comentado sobradamente su base ornamental y su postura tontorrona en la mayoría de los casos.

Siguiendo pues el relato de lo acontecido según las fuentes de agua potable, Hermenegildo del Cáucaso se encontró con la pasa en su casa mientras estaba buscando una gasa. No se entendería este episodio histórico sin mencionar los registros sonoros recogidos por la arqueología musical, que parecen demostrar la existencia de fuertes ronquidos provenientes de la pasa. De nuevo nos encontramos en un punto polémico ya que algunos científicos aseguran que aquellos sonidos más que atribuibles a ronquidos de pasa –asunto ciertamente espinoso- , habrían de interpretarse como una pelea entre un oso y una bailarina soviética de color azul en una habitación contigua. Sin embargo esta teoría no se ha sostenido debido a la incontestable oposición de los historiadores soviéticos que argumentaban que todavía faltaban cerca de seiscientos años para la creación de la Unión Soviética, opinión que ha sido criticada por los primeros como una visión demasiado marxista del registro arqueológico sonoro.

Sea como fuere, parece que Hermenegildo del Cáucaso encontró a la uva seca mientras deambulaba en su hogar intentando hallar una tela de hilo clara y fina. De nuevo ateniéndonos a los atenienses, y a sus fuentes, que todas eran potables –todo hay que decirlo- parece que este hecho y cito textualmente a Heterodoto “le resultó igual de agradable que a los esclavos eslavos la limpieza de cutis con aceite hirviendo. Osando gritar”. Es esta frase la que sirve de base científica a los partidarios de la pelea entre el oso y la bailarina soviética de color azul. Un apunte aparte merece la mención del otro gran historiador griego, y primo del ya mencionado, el insigne Homodoto, quien no cita la parte referida al oso en la frase para disgusto de los seguidores de la teoría soviética.

Estando en tal punto, parece que Hermenegildo del Cáucaso gritó una vez y la pasa adormecida registró tal repunte sonoro despertándose, actitud muy en boga en aquella época. Entonces fue cuando Hermenegildo del Cáucaso, todavía sin el Cáucaso, pronunció aquella mítica frase: “Despierta, pasa adormecida”.

Lo siguiente que pasa con la pasa, lo sabemos porque nos lo imaginamos. Así un historiador de Pernambuco y cuyo nombre es bastante olvidable comenta en su libro “De lo que me pasa entre que me levanto y desayuno” como una mañana se quedó mirando a la ventana de su salón y se le ocurrió que después de pronunciar esa frase, la pasa y el mítico guerrero musical fueron juntos a Parabara con la idea de destronar a Asserrín. El historiador que suscribe este artículo, ha imaginado otras cosas entre medias, pero serán objeto de análisis en una obra de divulgación de próxima publicación y en la letra de una canción.

De cualquier forma, Hermenegildo, ya del Cáucaso, y seguido de la pasa todavía somnolienta así como de un hipopótamo pesadísimo del que no se pudieron desembarazar se plantó delante de las murallas de Parabara y extrajo de una bolsa el ya mítico Violín-Molón con el que empezó a desgranar las notas de una canción envenenada dirigida hacia Asserrín.
Las fuentes, y en este caso están de acuerdo las potables y las no potables, confirman que por aquella época Parabara estaba vacía debido a que olía muy mal. Asserrín se mantenía en su palacio pero había perdido toda esperanza de restaurar el imperio de su padre Arrorró. Así pues el hecho de su suicidio ha de atribuirse a su estado psicológico inicial y a lo largo de la canción interpretada por Hermenegildo del Cáucaso.

Los hechos que acontecen a este episodio son bastante claros y conocidos por todo el mundo: toma de posesión de la corona imperial por parte de Hermenegildo del Cáucaso, limpieza de la ciudad de Parabara y retorno de sus ciudadanos y engorde de los pechos del emperador, en pocos años, por comer mucha miga de pan.

Sin embargo, la Historia todavía no ha podido dar una respuesta satisfactoria a varias preguntas, entre ellas las del paradero de la pasa y el hipopótamo y, sobre todo, la de a quién le importan los sucesos de Parabara. Para las generaciones futuras de científicos locos queda la investigación científica que de respuesta a todo esto y su posible utilización en la conquista del mundo, tarea propia de científicos locos.

La boda de ella y él.


Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.


Furibundo y poderoso, el grito de la tía Tantiaguri se había esparcido por toda la sala para deleite de todos los que la conocían, que lo esperaban antes o después. Y es que, como en todas las ocasiones familiares, la tía Tantiaguri se había puesto en pie para gritar eso de “Yavestú, con setenta y tres años y me cojo la primera borrachera de mi vida.”

Vieja Borracha.

- Hija –brotaba el padre emocionado, elevando el tono de voz para hacerse oír sobre el racimo de golpes que proporcionaba a su primogénita en el hombro mientras le hablaba- Hija –plock, plock- Tu tía Tantiaguri no se hubiera perdido este día –plock, plock- aunque hubiese tenido que venir andando –plock, plock- en chanclas.

Y por el aire del banquete de bodas se extendía el típico sonido que uno nunca sabe si es una “a” una “e” o una “r”, prefabricado entre todas las voces de los invitados que, ya a aquellas horas del vino, no tenían ni textura, ni color, ni tono mesurado.

Y luego, la tía Tantiaguri otra vez: Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Vieja borracha.

Jamás hubo otra boda igual en el mundo.


Ella, no podía creerlo cuando él se le acercó a la salida del trabajo. En su primer día, y utilizó el truco de “¿Sabes que te pareces a Sofía Loren de joven?” Porque ella sabía que era un truco.

Ya ves tú. Un truco.

Pero no se lo podía creer. Y se dejó mecer por las sutilezas de sus gestos y los movimientos un tanto exagerados de sus brazos. Y la sonrisa.

Esa cafetería siempre estaba llena de gente, pero había un sótano, con la luz baja, caña en las paredes, vigas de madera y enormes sofás rojos y mullidos a ras del suelo en los que sentarse y acorralar a su víctima. Porque ella ya le había elegido. Por eso la conversación fluyó rápido. Desde el primer momento a ella le gustó que él vaciase todo el contenido de sus bolsillos encima de la mesa: móvil, llaves, tabaco, temas de conversación. Y entonces, se produjo un silencio, ella provocó ese silencio, y él no pudo menos que acercarse a sus ojos para besar sus labios.

En aquella cafetería, siempre tan llena de gente.

Envueltos por el humo de los cigarros, la sequedad de una botella de Lambrusco y el color anaranjado que los acariciaba. Calor. Calor hacía falta.


“Sabes lo de ella y él. Si que están juntos no. Si desde hace una semana. Ya me lo imaginaba. Dicen que se enrollaron el primer día de el. Ella lo llevo a su casa. No se lo digas a nadie que lo quieren mantener en secreto. Claro que se acostaron. Pues a mi ella me parece poca cosa para él.” Fragmento de conversación obtenido con grabadora oculta en la cocina de la oficina una semana después.

Ella llegó una tarde, y mientras estaban desnudos, así en la cama, ella le sopló lentamente, despacio, acariciándole con el aire que salía de su interior, un aire que era suyo, de él.

Ella llegó esa tarde y no se volvería a marchar…


Bah, es igual. No es muy importante. Tampoco creo yo que se vaya a enfadar. Es comprensivo. Es cierto que él tiene ganas, pero no creo que me quiera obligar a que vaya con él. De hecho, no creo que le importe que no vaya. Incluso, probablemente, seguro que, a las claras, tampoco le importa ir a él mismo.

Otra vez.

Porque ella seguía acariciándole con su leve brisa por detrás de la oreja, bajando por el cuello, deteniéndose en sus hombros, recorriendo su espalda, por entre sus glúteos y sus muslos, hasta llegar a sus pies.

Bueno, tampoco se tienen que hacer las cosas por obligación. No creo que le importe demasiado. Él siempre comprende. Si a mi no me caen bien, no importa, hasta es sano. De hecho, tampoco les ve tan a menudo. Y casi mejor para él. Que al fin y al cabo es lo que a mi más me importa.

Nunca.

Y luego él llegaba a casa y ella le hacía sentir como si en realidad, hubiera llegado a casa. De nuevo con calor, y sus brazos, sus besos, sus palabras. Y él sentía que había llegado a casa, sentía como si hubiera llegado a casa.

Y por eso cuando él le preguntó qué entendía ella por amor, ella le respondió algo que no tenía nada que ver con él. Nunca.

Pero él seguía tan allí. Y ella también.

Él siempre acababa por seguir allí.

Porque aquel amor era tan importante para ella, e incluso para el mundo.

Por eso, aquella boda fue tan grande.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Gritaba la tía Tantiaguri en el momento en que sirvieron el postre.

Uvas.

Elegidas por ella. No por él.

Aquel amor era tan grande. Aquella boda era tan enorme. La tía Tantiaguri, tan inconmensurable, con aquel grito de primera borrachera a sus setenta y tres años.

Vieja borracha.

Y en aquel amor tan grande, enorme e inconmensurable estaba ella tan enfrascada que no se dio cuenta de que él miraba a aquella uva con un ardor extraño, con unos ojos grandes, enormes, inconmensurables.

La miraba

la miraba

no podía parar de mirarla.


Entonces pasó.

Él abrazó con sus labios carnosos y sonrojados el óvalo que describía la superficie de la uva. Con miedo de apretar demasiado los labios pero con la seguridad de que su caricia se vería correspondida. Sintiendo como cada milímetro de sus labios, cada roce con su lengua hacían estremecerse a su pequeña amante, que por caprichos del azar acabó aquella noche sobre su plato. Aquella pequeña uva, insignificante…

Mírale dijo alguien ¿quieres acabarte ya esa uva?

… Y ella estaba sintiendo lo mismo que él. Su color verdoso la delataba, la apertura de aquel agujero que le había provocado separarse del racimo. El mismo agujero que tenía él y hacían algo parecido a mirarse, la uva y él…

Mamá, tú y los otros tiráis del brazo, nosotros tiramos de la cabeza y alguien que intente quitarle la uva.

…¿se atrevería?

El amor que ella sentía por él, todas las veces que ella se ocupaba de que él estuviese en casa como si estuviese en casa. Todas aquellas caricias, labios, luces anaranjadas envolventes, todo aquello le impidió darse cuenta de que, antes o después él se libraría de todos y se marcharía muy lejos. Para siempre. Aquella misma tarde.

Porque se enamoró de una uva.

Una uva.

..

..

..

Años después se cruzaron. Hacía un viento terrible. Y se saludaron. Holaquetalholaquetal. Bienbien. Me alegro de verte. Yo también. Beso en la mejilla. Me alegro de verte. Adios. Adios.

Una uva.

Desamor, de repente una tarde


Fue justo antes de dejar de respirar.
Dejar de respirar en rojo.
Fue justo antes de dejar de respirar en Rojo cuando a ella se le fue el desamor. Qué sensación más jodida y a la vez inadvertida.
Era como tener mantequilla recorriendo tus venas, mantequilla como la de las tostadas aún calientes pero no lo suficiente. Una especie de líquido que por momentos se hacía espeso, amarillento para volverse otra vez líquido y así para siempre.
Parecía que para siempre, aunque ella no lo advirtiese.
Poco a poco la mantequilla, a veces sólida, había comenzado a extenderse por su cuerpo y conformaba ya una fina capa que se extendía por todos sus órganos, desde su cerebro hasta las uñas de los pies, el corazón que dejó de latir con normalidad, el tacto, que ya no funcionaba bien, los ojos, que percibían a través de ese amarillo líquido que no era líquido.
Pero ella no se daba cuenta.
Y sentía como una quemazón, como si en el fondo estuviera en otro lado y casi pudiera verse desde fuera. Era una quemazón así, todavía caliente pero no lo suficiente.
Aunque quemaba por dentro.
Y fue justo eso, el día que dejó de respirar en rojo, cuando se dio cuenta de que lo había pasado.

Era por la tarde, probablemente entre las siete y las ocho.

Y ya no quemaba. Y volvió el tacto y el gusto y la vista.

Y ella se detuvo, de repente, en medio de un inmenso vacío pasillo del metro, decorado con el blanco apisonador de la luz del subterráneo.
Se detuvo y pensó si en el fondo había merecido la pena tanto esfuerzo para eso. Para que una tarde, cuando uno menos se lo esperaba, dejaba de doler.

Se preguntó si acaso era posible morir por amor.

Ella.

Dormir sin amor


Me quemo los hierros, por dentro. Pero todo tiene fecha de caducidad. Hasta eso.

Contemplo cómo duerme mientras me levanto, desnudo, por territorio desconocido buscando agua, como si transitara por un desierto.

Vuelvo, desnudo sin conocer bien cuánto frío podrian darme estas paredes en el caso de que necesitase posar una mano sobre ellas. Continúo. Vuelvo desnudo por un territorio que no conozco y me siento como si estuviese caminando sigiloso por el campo de un estadio, repleto de gente, que contiene la respiración y de cuya presencia sólo puedo sentir vibraciones.
Observado.

Le miro desnudo, tendido sobre su cama y, súbitamente, me tiro a su lado.
Sonríe con un ojo entreabierto, me pasa una sábana por encima y me agarra desde atrás con un brazo. Con fuerza.
Me da besos en la espalda, y se explica por ello.
Yo me pregunto qué grado de correspondencia existe entre el frío que podrían darme aquellas paredes ajenas y la temperatura de aquellos besos, que siguen pareciendome ajenos. Aún después de que su lengua recorriese el interior de mis muslos.

Se me antoja que deberíamos celebrar cada hora que pasó desde el momento en el que estuvimos a punto de fundirnos, cuando mi lengua se deslizaba por el interior de tus labios a destiempo, mientras mis labios se movian descoordinados, adrede, para subrayar aquel éxtasis extraño, pero ajeno.
Definitivamente deberíamos celebrar cada hora transcurrida como si fuese un aniversario.

Me marcho, le digo. Y protesta levemente aunque sabe que no duermo. Y me dice que él tampoco dormiría. Me visto a su lado y mientras, me mira.

Se calza unos pantalones cortos y me acompaña a la puerta. Es irracional pero me hubiera gustado que no se los hubiera puesto. Recordarle desnudo, en la puerta.
Ni siquiera me detengo ante un espejo.

Llámame.
Te digo que te llamaré.

Y me marcho, ajeno. Y quiero llamarte, pero no sé bien cómo funciona.

Espero volver a verte, aunque no sé bien cómo funciona.

Y ajeno.

COMUNICADO OFICIAL DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE CICATRICES (OMC)

"La vida de las cicatrices no es tan fácil como todos piensan. Jamás lo ha sido. Nosotras sabemos que, de vez en cuando, todo el mundo se dice aquello de, ¡Joder, fulano de tal vive como una cicatriz! Pero nuestra vida también tiene otro lado, del que no se habla, que nunca aparece en los medios de comunicación, donde toda referencia a las cicatrices suele ser vanal y frívola.

No es fácil estar siempre al quite, poder colocarse en un lugar y ser tan visible como lo podemos llegar a ser a veces. Tampoco es agradable comprobar como la mayoría de la gente nos degrada y nos denosta, intentando deshacerse de nosotras. No es fácil mantener unido lo que ha dejado de estarlo y, encima, se nos critica y se nos compara con gente con la que ideológicamente no tenemos nada que ver, como las marcas o, los aún más extremistas estigmas.

Por esto, desde la Organización Mundial de Cicatrices (en adelante la OMC) queremos desmentir los rumores que han llegado desde la ciudad de Madrid y que apuntan a que un grupo de nosotras ha estado destelleando, de forma intermitente y fosforescente. La OMC quiere dejar claro que aquello es falso. Que, además, nosotras odiamos profundamente lo fosforescente y lo intermitente, y jamás podríamos destellear de aquella forma.

Sin nada más que añadir, nos gustaría simplemente emplazarles a que recordasen, la próxima vez que viesen una cicatriz, sea como sea, recuerden que nosotras también tenemos sentimientos y que desempeñamos un duro trabajo para poder estar ahí, al pie del cañón todos los días.

Firmado

Cicatriz en la frente de hostión con una puerta
Secretaria General de la Organización Mundial de Cicatrices
Ginebra, invierno de 2008

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Shiuuuuuuuuu-shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Fulgor
Shiuuuuuuuuu-Shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Brillo
Shiuuuuuuuuu-shiuuuuuuuuuuuuuuuu
Destellos

Y, como suele suceder casi siempre, en contra de lo anunciado oficialmente, las pequeñísimas cicatrices de liposucciones, operaciones de pechos y estiramientos de pieles comenzaron a emitir señales, a interconectarse las unas con las otras.
Y aquella mañana, sin saber por qué, los dueños de dichas cicatrices, hombres y mujeres salieron a las calles de aquella ciudad, repleta de fajas ondeando al viento, con su vista fija en aquellos elementos, dispuestos a acabar con lo que consideraban una ignominia, un deshonor.

En lo que fue el principio inanunciado de una guerra absurda...
O quizá debiera decirse, a secas:
Una guerra

Con delicada cerradura


Allá en un país lejano... Bueno, lejano para nuestra época. El doctor Maitingen afirmaba insistentemente haber inventado una máquina que podía medir con exactitud lo que se amaban las personas: unas a otras y por separado. Una inmensa máquina recogía, por medio de unos electrodos, las vibraciones electromediopedas expulsadas al exterior por unas glándulas situadas en bla,bla,bla,bla...

Ya ves tú,
las vibraciones electromediopedas...

La unidad de medida era el Maitingen (mtg).

Sólo había un problema. Nadie sabía a qué equivalía el Maitingen, si a un kilo de amor, o quizá a diez litros de cariño. Puede que a cuatro metros de consuelo. O quizá a varios megatones de esa sensación, suave, cálida y glotona que se produce al acariciar una mejilla con otra.

En aquella época, el señor Juan y su esposa, la señora Vicenta vivían en Alemania. Allá se trasladaron para intentar prosperar, hacer unos ahorrillos y volver.

Y el señor Juan vió el anuncio del doctor Maitingen en el periódico, buscando personas, parejas o matrimonios en los que hacer la prueba con su máquina.

Y medir

En Maitingens.

El resultado fue espectacular, en la ficha marcaba lo siguiente:

Recíproco: 40 mtg
Esposo: 23 mtg
Esposa: 35 mtg

Espectacular.

Punto.

Emetegé.
Emetegé.
Emetegé.

Pensó el señor Juan, cuando tantos años después, una vez muerta su mujer, se encontró con aquella caja de colores.

Si ella le amaba doce emetegés más que él a ella, pensaba, no era normal que tuviese una caja de colores.

Con llave.

Pero así era.

Vicenta decidió un día arrancarse el corazón, sin importarle siquiera los emetegés pensó que lo mejor era vaciar ese espacio y dejarlo en una cajita, de colores, donde nadie pudiera alcanzarlo, bajo llave. Para que sólo ella fuese capaz de encontrarlo y utilizarlo cuando quisiese.

Porque era su corazón.

Y lo hacía.

Lo encontraba y lo utilizaba cuando quería. Cuando lo necesitaba.

A veces con el señor Juan.

A veces para ella misma.

Allá dentro, bajo llave, tarjetas y recuerdos fueron llevándose poco a poco el corazón de la señora Vicenta. En silencio. Hasta permanecer casi olvidados, como buenos secretos,

Solo rescatados
Solo rescatados de vez
Solo rescatados de vez en cuando
Solo rescatados de vez en cuando cuando tenían
Solo rescatados
de vez en cuando,
cuando tenían que
ser
rescatados.

El señor Juan tenía ahora el corazón de su esposa muerta,
bajo llave...

Bajo una pequeña llave

con una cerradura

casi minúscula

casi invisible

que hubiera cedido casi

solo con abrir y cerrar los ojos.

El señor Juan miraba
la caja

de vez en cuando...

Aquella tarde lo volvió a hacer

Miró la caja

Como de vez en cuando hacía...

Luego comenzó a llorar

Lagrima caer, resbalar por su mejilla

Contacto con su piel

Y una leve, suave melodía comenzaba a sonar

Y lloró y lloró durante minutos que pudieron haber sido horas.

Y finalmente, se levantó, y volvió a dejar la caja

En su lugar

Sin abrir

Sin pestañear

Casi sin respirar

Para no romper su delicada cerradura.

Desde fuera, a través de las ventanas, se oyó una tremenda ovación cuando el señor Juan dejó de llorar. Cuando el milagro de aquellas notas musicales dejó de resbalar por sus mejillas.

El señor Juan jamás se atrevió a abrir
la caja que contenía el corazón de aquella
persona
a quien más amó

veintitrésemetegés

Emetegé
Emetegé
Emetegé

Vicenta murió la noche del doce al trece, entre un torrente de dolores.

Su corazón estaba en una caja

de colores

...