DE LO QUE LAUREN BACALL PENSÓ SOBRE LA MUERTE DE ROBBIN WILLIAMS





LO QUE LAUREN BACALL PENSÓ SOBRE LA MUERTE DE ROBIN WILLIAMS

Pobre hombre. El caso es que no lo conocía mucho pero me reí en algunas películas. De todas formas, alguien tan joven que acabe así, es triste. ¿Quién se lo iba a decir? Igual debería enviar una corona de flores a la viuda… Bueno… Mejor mañana… Puede que piensen que me meto donde no me llaman. No sé, bueno. Lo pienso y mañana me decido. A ver si me quito de encima la carta de aquella periodista. Lo de siempre. ¡Y yo qué sé cómo era Humphrey, por dios, que murió en el 57 y estamos a 2014! ¿Cómo pretenden que me acuerde? No estaría mal que un día me…

APRENDER


Esa misma tarde comenzó, así sin avisar.
Era un dolor de muelas y Rosa pensó que se las apañaría sola. ¿Para qué iba a tener que avisar a nadie? Con el paso de los días el dolor no creció aunque tampoco disminuyó. Incluso, la mujer se dio cuenta de que era un dolor bastante distinto a otros dolores de muelas que tenía, no era agudo, separecía más a un escalofrío que de vez en cuando le invadía desde el interior de su boca, aunque la sensación era, indudablemente, de dolor. Aún así no dijo nada. ¿Para qué?

Pasaron algunas semanas y ese dolor no desapareció. Parecía atacar a ráfagas, a veces incluso era como si remitiese, para luego volver y extenderse de nuevo. Incluso se le hinchó un poco un carrillo, pero muy poco, casi imperceptiblemente.
Pensó entonces en ir a un dentista, pero al no ser un dolor como de muelas como el habitual desechó la idea inmediatamente. ¿Qué dentista del mundo sabría algo sobre aquel dolor?

Lo extraño fue cuando ya llevaba más de dos meses. Entonces el dolor de muelas se extendió al tobillo. La sensación era muy extraña porque la muela, además de dolerle donde siempre suelen doler las muelas también le dolía en la extremidad derecha. Esto, obviamente confirmó su decisión de no comentarlo con nadie. A ninguna persona le gusta que le tomen por un bicho raro o por un loco. Por otro lado, volvió a sopesar la idea de ir a un médico, pero ¿a cual? ¿Al dentista? ¿Al traumatólogo? ¿Al podólogo tal vez?

El dolor de muelas en el tobillo le dejó una casi imperceptible cojera que, bueno, desde un punto de vista estético daba un poco igual porque casi ni se notaba. Era cierto que si a alguien le daba por mirarle el carrillo ligeramente inflamado y la sutil cojera enseguida notaría algo extraño, pero ¿quién va por el mundo fijándose en carrillos y cojeras? Prácticamente nadie. Tampoco era un problema muy grande.
Varios meses después el dolor de muelas también apareció en la cadera. ¡Qué contrariedad! Era exactamente igual al de la muela y el tobillo: una especie de escalofrío con sensación de dolor, todo muy ligero, que se extendía como a oleadas desde los centros donde se producía. Nada, no habría quién le pudiera ayudar. Y aunque la secuela esta vez fue tener que andar inclinada ligeramente a la derecha, bueno, tampoco se iba a notar tanto. Además, por suerte la cadera en la que le dolía la muela era la contraria al tobillo en el que también le dolía.

Con el paso de los meses el dolor le apareció en infinidad de sitios: un ojo, el codo, el pliegue de una oreja, detrás de una rodilla, un poco más abajo de un hombro, en la falange de dos dedos y en cuatro o cinco pestañas. Siempre con sus secuelas físicas, casi imperceptibles, casi inexistentes si las analizabas una a una. Y al fin y al cabo, no había nadie que fuera a dirigir su mirada desde una oreja hasta una pestaña y luego al codo, el tobillo, detrás de la rodilla y demás. En el fondo no pasaba nada.

Aquella tarde, Rosa caminaba por la Gran Vía cuando, de pronto, vio a lo lejos… ¿Era ella? ¡Sí era ella! ¡Andrea! ¡Mírala! Rápidamente corrió a saludarla. ¡Andrea! ¡Andrea!
Su amiga la vio acercarse caminando de lado, con la cara hinchada, cojeando de una pierna, rascándose un brazo… La miró por un segundo antes de abrazarla y su cara se enterneció. Rosa la estrechó entre sus brazos. Después de unos instantes ambas se separaron.
Rosa, preguntó Andrea, ¿qué te ha pasado?
Rosa permaneció en silencio un instante. Entonces miró a Andrea y le dijo, no sé chica, me duele una muela un poco.
Andrea estalló en una de esas sonrisas que iluminaban todo cuanto sucedía a su alrededor y le dijo, ¿por qué no vas a un dentista?. La mujer no supo qué contestarle.

Dos días después, el doctor Hertz, reputado odontólogo argentino extraía el molar de su paciente en una sencilla operación que duró la friolera de quince minutos.
Rosa puso un pie en la calle y entonces se dio cuenta de que no le dolía el tobillo. Comenzó a caminar y pudo cerciorarse de que ya no tenía que ladearse hacia la derecha, porque su cadera estaba en perfectas condiciones. ¡Igual que todo lo demás! Entonces se giró, pensando en que tenía que decírselo a alguien pero… En el fondo daría igual, daba igual, siempre era igual: por suerte no había nadie que se fijara en la gente, ni cuando estaba enferma ni cuando no lo estaba. Y continuó su camino, como siempre, a prisa, pensando.

Mi hija se llama Cerdaputa: un cuento de monjas sobre la crisis



El “ring” sonó extraño cuando le tocó el turno a la monja. Fue más una especie de “gong” y aquello la contrarió bastante. Ella estaba sentada en una de esas incomodísimas sillas acolchadas de la oficina de empleo. Después de varias horas de espera, su trasero había adquirido la forma plana del asiento y a la hermana Matías le preocupaba que esto pudiera ser pecado. Entonces sonó “gong” y en vez de “ring” y se enfureció.


- Oiga –le dijo a la funcionaria que le atendió- ¿por qué ha sonado “gong” en vez de “ring”.


La funcionaria era una mujer redonda. De cabeza y pelo redondos. Con brazos y piernas redondas y todo redondo. Fumaba un cigarrillo redondo aunque estaba prohibido con una señal de prohibido redonda, y hacía “oes” con el humo que salía por su boca redonda.


- Y que quiere que yo le cuente, doña Matías.

- No, hermana Matías –dijo la hermana Matías, mientras señalaba con sus dos pulgares el hábito que vestía.

- Bonito hábito.

- ¿Cuál?

- El de señalarse a sí misma con los dos pulgares.

- Lo heredé de una jefa-monja que tuve, sor Conchinchina. La pobre…

- ¿La mató usted?

- No, a ella no. Ella se fue.

- ¿Dónde?

- Pues, ¿Dónde va a ser? –respondió la monja indignada- Pues muy lejos.


La funcionaria redonda expulsó rápidamente el humo por su boca. De hecho lo hizo tan rápidamente que en vez de salir en forma de “oes” le salió en forma de tubo.


- Bonito tubo –señaló la hermana Matías.

- La que tubo…

- Retubo.


Entonces la funcionaria volvió a soltar el humo del cigarrillo con vehemencia y rapidez formando un segundo tubo que flotó al lado del primero, que aún no se había desvanecido.


- Efectivamente –añadió señalando al segundo tubo- Retubo.


Entonces la monja se dio cuenta de que le funcionaria llevaba un buen rato sin darle caladas al cigarrillo mientras todavía soltaba humo de vez en cuando.


- ¿Cómo lo hace? – preguntó maravillada.

- Pues generalmente con pimiento. – Respondió la otra- Hay gente a la que no le gusta echarle pimiento, pero a mi me pone como un rinoceronte embrutecido.

- No, si digo lo de el humo.

- ¿A qué se refiere? – preguntó intrigada la funcionaria mientras expulsaba otra calada.

- Lo de echar humo sin fumar del cigarro.

- ¡Ah, se ha dado cuenta! –respondió la funcionaria con una sonrisa emocionada.

- Sí, me he dado cuenta –admitió la otra también con ilusión- es que soy muy observadora. Y un poco zorrón, también hay que decirlo.

- Pues lo del humo me sale así.

- ¿Así?

- Sí, es que soy muy humana.

- ¿Por lo del humo?

- Claro, y porque soy gordita. Los gorditos somos muy humanos.

- Bueno, y los no gorditos –añadió la monja- Míreme usted a mi, que soy flaca y estuve viviendo cuatro años en Humanes.

- ¡Fíjese! –contestó la mujer redonda con asombro. Y añadió – Yo viví dos años en Tetuán, y claro, así tengo estas.

La hermana Matías se las miró.

- Muy orondas, sí señora, muy pero que muy orondas.

- Pues sí.

- Pues nada, ya hemos hablado sobre cómo se ha producido la crisis y cómo se podría solventar, ¿no?

- Sí, sí –añadió la funcionaria- Ahora sí que sí.

- Y a partir de ahora va a cambiar todo, ¿verdad? - preguntó la hermana para asegurarse.

- ¡Uy! ¡Todísimo!

- Pues me deja usted mucho más tranquila.

- Eso que se lleva.

- Entonces la dejo que atienda al siguiente – dijo la hermana Matías levantándose del sillón.


La funcionaria presionó el botón del siguiente turno y sonó un “gong”.


- ¡Vaya, debe ser que ahora suena “gong”! – Exclamó la monja aliviada.

- Sí, debe ser que ahora suena “gong.”

- De todas formas, ¿qué más da “ring” que “gong” – admitió.

- “Ring”que”gong”, “ring” que “gong”, “ring” que “gong” – canturreó la otra alegremente- y luego añadió. Pues tiene usted razón. Y volvió a expulsar humo por su boca, aunque esta vez dibujó un osito que movía su mano derecha como diciendo adiós.


La hermana Matías comenzó a andar, mirando al osito desvanecerse mientras le saludaba con una mano. En su camino se cruzó con una bailarina rusa de color azul, que era la que tenía el turno siguiente.

Y tan contenta se marchó de nuevo al convento.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


DESAYUNO EN MALASAÑA


Tengo tu olor escondido en mi retina. Es como un olor azul, vigoroso pero tímido y algo asustado.

Tengo tu olor escondido en mi retina, y mira que iba con cuidado esta vez. Salí a la calle aquel día con escafandra, no fuera a cruzarme contigo. Bajo mi jersey llevaba un chaleco antibalas, ninguna protección era poca y, por si acaso, había arrancado las paredes de un refugio nuclear y me las hice implantar debajo de mi piel, sólo para estar seguro. Ahora sí que no había duda.

El primer paso lo di con sutileza y cautela. La sutileza la tomé prestada del sonido que hace una mota de polvo al caer sobre la cabeza de un alfiler. El típico alfiler cuya punta se hunde con agudeza sobre la diminuta almohadilla de un costurero que algún descuidado dejó abierto. Alguien habrá que diga que jamás ha sido capaz de escuchar este sonido. Pero yo sí, y estoy casi convencido de que tú también. Entonces no lo sabía, y nada me podía hacer sospechar que había algo que se me escapaba. Y yo que creía que con esa sutileza nunca te darías cuenta de que había puesto un pie en la calle.

Para la cautela opté por vigilar las calles de alrededor de mi casa con cámaras, las 24 horas del día, durante una semana. Me esforcé en conocer a todos los que pasaban por delante de mi puerta, el lugar donde vivían y las trayectorias que solían llevar. Hice, incluso, cálculos matemáticos muy precisos con las posibilidades de alteración en su recorrido. Y nada más poner un pie fuera, supe que a la primera que me encontraría sería a la señora Paula, regordeta y bamboleante, en zapatillas por supuesto, pero un poco más escorada hacia la derecha de lo que yo había calculado. Luego debía pasar Justo, con la prisa de siempre. Ningún peligro. Y ahora tenía exactamente tres minutos y veintitrés segundos para cruzar la calle antes de que pasase doña Matea. Dicen que toda cautela es poca y, sin embargo, yo creo que cualquier sutileza es la que siempre acaba siendo insuficiente en estos casos.

Me faltó sutileza.

Había engomado las calles, para no despertarte con el roce de las suelas de mis zapatos. Escondí microchips bajo el asfalto, para asegurarme de que esa mañana no pasabas, y así no podría suceder. Un grupo de Geos de excedencia vigilaban todas las esquinas de los edificios de las calles de la ciudad del mundo que iba a recorrer. Un sofisticado sistema de comunicación me avisaba de todos las anomalías que se produjeran en mis científicos cálculos matemáticos. Infalible. Micrófonos ocultos en las flores, sortilegios olvidados entre las rendijas de los adoquines que llevan a tu casa, contacté incluso con inteligencia extraterrestre para que rastreasen el universo en busca de cualquier vibración extraña que pudiera notarse en el espacio.
Y me decidí a salir a la calle. Desconfiado y muerto de miedo aunque con la seguridad de que no podía pasar.

Por eso pasó, claro.

En una noche en la que casi no se escuchaba nada.
Y ahora tengo tu olor, tu aroma que se esconde en mi retina y le da otro tono a lo que veo.
Y qué puedo hacer yo sino respirar.
Profundamente.

Sólo respirar.

Cada vez más.

SOBERBIA


Hay un hombre que vive en mi tejado. Lleva un sombrero raído, gris y besucón, casi como si estuviera vivo. Debajo, su cabellera le cae sobre la cara y parecen matojos de plantas secas, amarillas y blancas que si los tocas se rompen en mil pedazos. Permanece estático este hombre. Sin apenas moverse dentro de su traje, también gris. Vigila desde arriba los movimientos de la gente, el machacón ir y venir de todos los que pululan bajo sus pies.
Irivenir-irivenir.

Hay algunos que juran que una vez le oyeron hablar, y decía que esperaba. Sólo esperaba.
Esperar.
Dicen que sólo esperaba a que alguien le mueva de allí algún día y mientras tanto, mira desde arriba y ve cómo la gente pasa. De allá hacia aquí y vuelta a empezar. Así una y mil veces, una y mil gentes.

Y esperar.

De vez en cuando alguna mota de polvo se le posa sobre un hombro, quizá sobre un codo. Entonces la mira con recelo y cierta curiosidad. Y luego mueve una mano, levemente, para evitar que la mota se asuste, y la sacude con un ademán afectado y leve, casi gris, que no manche su traje. Gris, he dicho que era gris, pero no triste.

El traje.

Seguro que a veces se acuerda del primer día que se subió a mi tejado y todo el mundo se agolpó ansioso pensando que se iba a tirar. Mírale. Algunos incluso reían. ¿De dónde ha salido?
Durante un tiempo hasta le llevaban comida, pero él no necesitaba comer. Sólo permanecer allí y esperar. Su pelo era negro, fuerte e inflexible y parecía querer salir a toda costa de ese sombrero, que tenía que agarrarse con virulencia a las sienes para no ser defenestrado.
Ni que decir tiene que la comida sirvió de improvisado festín de pájaros y bichos, que en los tejados todos tenemos bichos.
Entonces dejaron de llevarle comida.
Y es que él no la necesitaba.

Una mujer subió un día, a mi tejado, a ver a aquel hombre. Y le ofreció su cuerpo. Le besó en el cuello, le acarició con sus gloriosas y deseadas manos. Apoyó sus pechos sobre su espalda y le tentó su sexo, despacio, hacia arriba y hacia abajo.
Pero él no necesitaba de la tersura de sus dedos. Y la mujer acabó por marcharse.
Todos tenemos a alguien en el tejado que acaba por marcharse.

En otra ocasión un avión que provenía de alguna maldita guerra, siguiendo el curso de su naturaleza, hizo un quiebro estúpido y derramó a un paracaidista que cayó al lado del hombre.
Los dos sobre mi tejado.
El paracaidista se mantuvo expectante mientras pensó que su misión empezaba. Esperó y esperó a que llegase el enemigo pensando que aquel hombre podría ser su compañero. Pero al ver que no había enemigo también abandonó mi tejado. El hombre que permanecía allí inerte sabía de sobra que nadie vendría a hacerle el amor o la guerra a aquel soldado extraviado. Pero como no era su guerra, jamás le dijo nada.
Él sólo esperaba y esperaba.
Sigue esperando.
Espera y espera.
Con el tiempo la gente se ha ido acostumbrando a su presencia allí, encima de mi tejado. Y ya casi nadie lo mira.
Ya casi nadie lo ve.
Todos siguen con sus vidas, quizá conscientes de que existe. O quién sabe, igual ya lo han olvidado.
Dicen algunos, en las ya raras ocasiones en las que alguien habla de él, que por fin sabe que nadie vendrá a bajarle.
Otros añaden que cuando lo descubrió pensó que lo mejor que podría hacer es bajar él mismo. Saltando. Y ya estaría abajo. Es fácil.
Sin embargo también se dio cuenta que no necesita saltar para llegar abajo. Al fin y al cabo todo el mundo tiene a alguien en su tejado que algún día se da cuenta que no necesita saltar para llegar abajo.
Así que ahí sigue. Arriba. Sin saber por qué está allí.
Simplemente porque ya sólo sabe estar allí.
Arriba.
En mi tejado.

El Apocalipsis

El primer día que Andresito decidió utilizar su clavo con la señora Donors no pensó que fuera a tener aquel efecto. Obviamente él esperaba un “Ayyyy”, un tortazo… En fin, algo razonable. Lo que jamás imaginó era que al pinchar a la señora Donors con su clavo en el culo, la señora Donors sería tan excéntrica de explotar como un globo. Igual había calculado mal las reacciones. Claro eso debía ser. Hay gente que no se molesta, o no siente dolor. Simplemente explota como un globo y ya está. Bueno, eran diez años los que tenía, todavía le quedaban muchas cosas por aprender del mundo.

Lo siguiente se le fue de las manos. ¿Cómo se lo iba a imaginar? Todavía podía saborear el donut de esa mañana mojado en el Cola-cao. Su hermana canturreando canciones, como siempre. Su madre peinándole. O el profesor castigándole por vaciar la mochila de Angel Manuel sin que se diera cuenta y comenzar a tirarle sus libros y bolígrafos por la ventana. También era cierto que le molestaba ser uno de los pocos que todavía no escribían a boli, y que Angel Manuel era uno de los primeros a los que habían pasado de lápiz a boli. Pero sobre todo porque era muy pelota con la seño.

¡Bammm!

Y adiós señora Donors. En el fondo no le caía bien.¿O sí? Tenía que asumirlo, aunque él no hubiera utilizado nunca esa palabra porque no sabía que existía. Aunque si iba a ir por el mundo explotando señoras Donors debería empezar a conocer la palabra “asumirlo” y otras como “castrense” o “deflacción”, incluso.
Igual sí le caía bien. En el fondo no había sido nada personal, simplemente tenía el clavo en la mano, la señora Donors se había agachado en el portal a recoger un papel y Andrés, como ya sabía que iba a ser castigado, decidió hacer eso que siempre quiso, clavarle un clavo en el culo a alguien, y salirse con un solo castigo por dos delitos. Estaba bien pensado.
Hasta que la señora Donors explotó.

¡Bammmm!

¿Y ahora qué hacía? Andresito se quedó mirando los restos de la señora Donors que eran como un plastiquillo finito esparcido por toda la entrada del portal. Y su marido, el señor Donors abrió la puerta. Sucedió en un instante:
Miro al suelo y veo los restos de mi querida esposa Donors que ha explotado.
Miro a Andresito y veo un clavo en su mano y cara de desconcierto.
“Mequetrefe” gritó. “Ahora voy a tener que comprar otra. Pero esta me la van a pagar tus…”¡BAMMMM!”.

Y no pudo continuar acusándole de nada, no por falta de pruebas, sino porque Andresito corrió hacia él y le pinchó con su clavo en la pierna. Por supuesto, el señor Donors explotó. No iba a ser menos que su mujer.
Andresito sintió cierta gracia. Bueno, como todos cuando se acaba un cumpleaños y nos dejan pinchar los globos. Es lo más divertido del cumpleaños, aparte de tirarle tarta a alguna tía del cumpleañero.

El caso es que Andresito comenzó a subir las escaleras del edificio mientras pensaba que estaba dentro de un videojuego. Llamó a un timbre: la señora Ramasa. A esa sí que le tenía manía por entrar en casa casi todas las mañanas, cuando su mamá le estaba peinando. En medio de los tirones de pelo.
La señora Ramasa abrió: ¡Andresito! Pero ¡BAMMMM! Adiós señora Ramasa. La siguiente fue su hija mayor, Lucelia. “¿Qué le has hecho a mi madre, desgraciado?” Pero

¡BAMMM! Tampoco se perdía mucho.

Luego a la otra hija Rocelia: ¡BAMMM! ¡A la mierda Rocelia! Y lo mejor de todo era que no manchaba ni nada las paredes, ni la ropa, ni nada manchaba.
Luego cambió de táctica y decidió apostarse en un recodo de la escalera y sorprender a sus víctimas. Dicho y hecho.
El señor Gustafsón: ¡BAMMM!
La señora María del Mariadel: ¡BAMMM!
Incluso el perro de la señora María del Mariadel.

Era todo muy extraño. Ya eran las cinco de la tarde. A esa hora tendría que haber llegado a casa hacía mucho, haberle dado a su madre el parte del colegio, habría comido y luego habría estado castigado el resto del día, ya que no le dejaban volver a clase esa tarde ni al día siguiente.
Sin embargo no había oído ninguna puerta abrirse en el bajo, donde él vivía.
“Bah, pensó” voy a por la vieja Turruchi y luego me voy a casa.
Subió al cuarto, en busca del timbre de la vieja Turruchi saltando de dos en dos los escalones y pensando de dos en dos los agravios que esa vieja amarilla fosforescente le había hecho desde que era pequeño, los tirones de mejilla, los besos babosos. Se acabó.
Todo se acabaría.
Llamó al timbre “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr” era uno de esos timbres secos y feos.
La vieja Turruchi abrió, llevaba algo en la mano, pero entonces. ¡Mierda! A Andresito se le cayó el clavo. Se agachó lo más rápido posible para, a pesar de todo, sorprender a la vecina. Y en una de sus fracciones de segundo reconoció lo que la vieja Turruchi tenía en la mano: un clavo.
Mierda. Pensó al notar un pinchazo en el culo.

¡¡¡BAMMMMM!!!

Era extraño. Al pinchar a aquel mocoso en el culo ella se hubiera imaginado un “Ayyyy” o quizá una pesada y larga llantina. Pero nunca se habría esperado que Andresito fuera a explotar. Muy extraño.
Por eso cuando la puerta de su vecina se abrió y vio sus ojos aterrorizados al descubrir los restos de plastiquillo que quedaban del muchacho, no se le ocurrió otra cosa que pincharla también. ¡¡¡¡BAMMMM!!! Y su vecina explotó. ¡Qué extraño! Pero hacía mucho, muchísimo tiempo que no se divertía tanto. Además, a su edad que iban a hacerla, ¿condenarla a la cárcel?
Decidió bajar un poco por la escalera, para ver si alguien pasaba
y justo
entonces…

CONFIANZA


Anoche, justo cuando te estabas quedando dormido, conseguí ser por unos segundos las yemas de tus dedos.

Intentaba acercarme a ti, de la forma en la que el vapor se te adhiere al cuerpo, inadvertido y cálido, rodearte de mí, descuidado y frágil y conseguir colarme en tu inconsciencia como un sentimiento, no como un ser humano. Sin embargo me equivoqué, o al menos eso pensé al principio, y acabé formando parte del tacto de tu piel.

Al principio la sensación fue algo extraña, la forma en la que tú rozabas mi piel transpiraba una sensación difícil de soportar, desde mi cuello, avanzando por mi espalda hacia abajo, notaba el contacto de tus dedos como un fuego intenso que me cargaba de sensaciones. Luego el tacto parecía reverberar como un eco llameante e inmediato, mientras podía sentir mi propia piel a través de tus terminaciones nerviosas. Mi piel y tus dedos avanzando lentamente por mi espalda. Suaves.
Después del pánico inicial, empecé a acostumbrarme a esa sensación doble y jugosa, que despertaba en mí un deseo que jamás había sentido antes. Hubiera sido hoguera solo para que pudieras arder dentro de mí para siempre.
Luego la razón comenzó a desperezarse, primero patosa y lenta, luego a codazos. Pero yo era todo piel y me costaba escuchar lo que trataba de decirme. Además, con los años he aprendido a desconfiar de su voz.

Creo que incluso pude entreabrir los ojos, probablemente embadurnado en algún gemido espontáneo y a destiempo, para comprobar como un aura blanquecina que debía estar iluminando la habitación desde hacía un rato, se desvanecía súbitamente, aterrada al verse sorprendida.

En ese instante, justo entre la percepción de la luz y el estallido del candor de tu piel en mi piel y de mi piel en mi piel, cuando parecía que todo el universo iba romperse en una miríada de constelaciones sensitivas, justo ahí, debió producirse un pequeño hueco que la razón primero y el desconcierto después acabó por blindar, asegurándose un espacio, como no podía ser de otro modo, razonable.

Ahí dejé de ser tu piel, para volver a ser mi piel en tu piel y caricias, un sentimiento noble y fuerte pero, a esas alturas, segundón.

Justo después de llegar al éxtasis, cuando te habías dado la vuelta, supe que aquel aura blanca huidiza y engañosa provenía de tu teléfono. Exactamente igual que aquella otra vez. Abrí los ojos y me senté en la cama intentando discernir las figuras de los muebles de la habitación, haciendo cálculos de cuántas esquinas existían, de cuantos recodos podrían esconder cualquier tipo de secreto, de cuántas llamadas furtivas se habrían colado ya antes sin que yo, arropado y descuidado, hubiese movido los párpados. Y odiándote en el fondo, porque habías introducido en mí un miedo contra el que no podía luchar.

Estaba amaneciendo y alguien debió haberte querido mucho más.