DESAYUNO EN MALASAÑA


Tengo tu olor escondido en mi retina. Es como un olor azul, vigoroso pero tímido y algo asustado.

Tengo tu olor escondido en mi retina, y mira que iba con cuidado esta vez. Salí a la calle aquel día con escafandra, no fuera a cruzarme contigo. Bajo mi jersey llevaba un chaleco antibalas, ninguna protección era poca y, por si acaso, había arrancado las paredes de un refugio nuclear y me las hice implantar debajo de mi piel, sólo para estar seguro. Ahora sí que no había duda.

El primer paso lo di con sutileza y cautela. La sutileza la tomé prestada del sonido que hace una mota de polvo al caer sobre la cabeza de un alfiler. El típico alfiler cuya punta se hunde con agudeza sobre la diminuta almohadilla de un costurero que algún descuidado dejó abierto. Alguien habrá que diga que jamás ha sido capaz de escuchar este sonido. Pero yo sí, y estoy casi convencido de que tú también. Entonces no lo sabía, y nada me podía hacer sospechar que había algo que se me escapaba. Y yo que creía que con esa sutileza nunca te darías cuenta de que había puesto un pie en la calle.

Para la cautela opté por vigilar las calles de alrededor de mi casa con cámaras, las 24 horas del día, durante una semana. Me esforcé en conocer a todos los que pasaban por delante de mi puerta, el lugar donde vivían y las trayectorias que solían llevar. Hice, incluso, cálculos matemáticos muy precisos con las posibilidades de alteración en su recorrido. Y nada más poner un pie fuera, supe que a la primera que me encontraría sería a la señora Paula, regordeta y bamboleante, en zapatillas por supuesto, pero un poco más escorada hacia la derecha de lo que yo había calculado. Luego debía pasar Justo, con la prisa de siempre. Ningún peligro. Y ahora tenía exactamente tres minutos y veintitrés segundos para cruzar la calle antes de que pasase doña Matea. Dicen que toda cautela es poca y, sin embargo, yo creo que cualquier sutileza es la que siempre acaba siendo insuficiente en estos casos.

Me faltó sutileza.

Había engomado las calles, para no despertarte con el roce de las suelas de mis zapatos. Escondí microchips bajo el asfalto, para asegurarme de que esa mañana no pasabas, y así no podría suceder. Un grupo de Geos de excedencia vigilaban todas las esquinas de los edificios de las calles de la ciudad del mundo que iba a recorrer. Un sofisticado sistema de comunicación me avisaba de todos las anomalías que se produjeran en mis científicos cálculos matemáticos. Infalible. Micrófonos ocultos en las flores, sortilegios olvidados entre las rendijas de los adoquines que llevan a tu casa, contacté incluso con inteligencia extraterrestre para que rastreasen el universo en busca de cualquier vibración extraña que pudiera notarse en el espacio.
Y me decidí a salir a la calle. Desconfiado y muerto de miedo aunque con la seguridad de que no podía pasar.

Por eso pasó, claro.

En una noche en la que casi no se escuchaba nada.
Y ahora tengo tu olor, tu aroma que se esconde en mi retina y le da otro tono a lo que veo.
Y qué puedo hacer yo sino respirar.
Profundamente.

Sólo respirar.

Cada vez más.

SOBERBIA


Hay un hombre que vive en mi tejado. Lleva un sombrero raído, gris y besucón, casi como si estuviera vivo. Debajo, su cabellera le cae sobre la cara y parecen matojos de plantas secas, amarillas y blancas que si los tocas se rompen en mil pedazos. Permanece estático este hombre. Sin apenas moverse dentro de su traje, también gris. Vigila desde arriba los movimientos de la gente, el machacón ir y venir de todos los que pululan bajo sus pies.
Irivenir-irivenir.

Hay algunos que juran que una vez le oyeron hablar, y decía que esperaba. Sólo esperaba.
Esperar.
Dicen que sólo esperaba a que alguien le mueva de allí algún día y mientras tanto, mira desde arriba y ve cómo la gente pasa. De allá hacia aquí y vuelta a empezar. Así una y mil veces, una y mil gentes.

Y esperar.

De vez en cuando alguna mota de polvo se le posa sobre un hombro, quizá sobre un codo. Entonces la mira con recelo y cierta curiosidad. Y luego mueve una mano, levemente, para evitar que la mota se asuste, y la sacude con un ademán afectado y leve, casi gris, que no manche su traje. Gris, he dicho que era gris, pero no triste.

El traje.

Seguro que a veces se acuerda del primer día que se subió a mi tejado y todo el mundo se agolpó ansioso pensando que se iba a tirar. Mírale. Algunos incluso reían. ¿De dónde ha salido?
Durante un tiempo hasta le llevaban comida, pero él no necesitaba comer. Sólo permanecer allí y esperar. Su pelo era negro, fuerte e inflexible y parecía querer salir a toda costa de ese sombrero, que tenía que agarrarse con virulencia a las sienes para no ser defenestrado.
Ni que decir tiene que la comida sirvió de improvisado festín de pájaros y bichos, que en los tejados todos tenemos bichos.
Entonces dejaron de llevarle comida.
Y es que él no la necesitaba.

Una mujer subió un día, a mi tejado, a ver a aquel hombre. Y le ofreció su cuerpo. Le besó en el cuello, le acarició con sus gloriosas y deseadas manos. Apoyó sus pechos sobre su espalda y le tentó su sexo, despacio, hacia arriba y hacia abajo.
Pero él no necesitaba de la tersura de sus dedos. Y la mujer acabó por marcharse.
Todos tenemos a alguien en el tejado que acaba por marcharse.

En otra ocasión un avión que provenía de alguna maldita guerra, siguiendo el curso de su naturaleza, hizo un quiebro estúpido y derramó a un paracaidista que cayó al lado del hombre.
Los dos sobre mi tejado.
El paracaidista se mantuvo expectante mientras pensó que su misión empezaba. Esperó y esperó a que llegase el enemigo pensando que aquel hombre podría ser su compañero. Pero al ver que no había enemigo también abandonó mi tejado. El hombre que permanecía allí inerte sabía de sobra que nadie vendría a hacerle el amor o la guerra a aquel soldado extraviado. Pero como no era su guerra, jamás le dijo nada.
Él sólo esperaba y esperaba.
Sigue esperando.
Espera y espera.
Con el tiempo la gente se ha ido acostumbrando a su presencia allí, encima de mi tejado. Y ya casi nadie lo mira.
Ya casi nadie lo ve.
Todos siguen con sus vidas, quizá conscientes de que existe. O quién sabe, igual ya lo han olvidado.
Dicen algunos, en las ya raras ocasiones en las que alguien habla de él, que por fin sabe que nadie vendrá a bajarle.
Otros añaden que cuando lo descubrió pensó que lo mejor que podría hacer es bajar él mismo. Saltando. Y ya estaría abajo. Es fácil.
Sin embargo también se dio cuenta que no necesita saltar para llegar abajo. Al fin y al cabo todo el mundo tiene a alguien en su tejado que algún día se da cuenta que no necesita saltar para llegar abajo.
Así que ahí sigue. Arriba. Sin saber por qué está allí.
Simplemente porque ya sólo sabe estar allí.
Arriba.
En mi tejado.

El Apocalipsis

El primer día que Andresito decidió utilizar su clavo con la señora Donors no pensó que fuera a tener aquel efecto. Obviamente él esperaba un “Ayyyy”, un tortazo… En fin, algo razonable. Lo que jamás imaginó era que al pinchar a la señora Donors con su clavo en el culo, la señora Donors sería tan excéntrica de explotar como un globo. Igual había calculado mal las reacciones. Claro eso debía ser. Hay gente que no se molesta, o no siente dolor. Simplemente explota como un globo y ya está. Bueno, eran diez años los que tenía, todavía le quedaban muchas cosas por aprender del mundo.

Lo siguiente se le fue de las manos. ¿Cómo se lo iba a imaginar? Todavía podía saborear el donut de esa mañana mojado en el Cola-cao. Su hermana canturreando canciones, como siempre. Su madre peinándole. O el profesor castigándole por vaciar la mochila de Angel Manuel sin que se diera cuenta y comenzar a tirarle sus libros y bolígrafos por la ventana. También era cierto que le molestaba ser uno de los pocos que todavía no escribían a boli, y que Angel Manuel era uno de los primeros a los que habían pasado de lápiz a boli. Pero sobre todo porque era muy pelota con la seño.

¡Bammm!

Y adiós señora Donors. En el fondo no le caía bien.¿O sí? Tenía que asumirlo, aunque él no hubiera utilizado nunca esa palabra porque no sabía que existía. Aunque si iba a ir por el mundo explotando señoras Donors debería empezar a conocer la palabra “asumirlo” y otras como “castrense” o “deflacción”, incluso.
Igual sí le caía bien. En el fondo no había sido nada personal, simplemente tenía el clavo en la mano, la señora Donors se había agachado en el portal a recoger un papel y Andrés, como ya sabía que iba a ser castigado, decidió hacer eso que siempre quiso, clavarle un clavo en el culo a alguien, y salirse con un solo castigo por dos delitos. Estaba bien pensado.
Hasta que la señora Donors explotó.

¡Bammmm!

¿Y ahora qué hacía? Andresito se quedó mirando los restos de la señora Donors que eran como un plastiquillo finito esparcido por toda la entrada del portal. Y su marido, el señor Donors abrió la puerta. Sucedió en un instante:
Miro al suelo y veo los restos de mi querida esposa Donors que ha explotado.
Miro a Andresito y veo un clavo en su mano y cara de desconcierto.
“Mequetrefe” gritó. “Ahora voy a tener que comprar otra. Pero esta me la van a pagar tus…”¡BAMMMM!”.

Y no pudo continuar acusándole de nada, no por falta de pruebas, sino porque Andresito corrió hacia él y le pinchó con su clavo en la pierna. Por supuesto, el señor Donors explotó. No iba a ser menos que su mujer.
Andresito sintió cierta gracia. Bueno, como todos cuando se acaba un cumpleaños y nos dejan pinchar los globos. Es lo más divertido del cumpleaños, aparte de tirarle tarta a alguna tía del cumpleañero.

El caso es que Andresito comenzó a subir las escaleras del edificio mientras pensaba que estaba dentro de un videojuego. Llamó a un timbre: la señora Ramasa. A esa sí que le tenía manía por entrar en casa casi todas las mañanas, cuando su mamá le estaba peinando. En medio de los tirones de pelo.
La señora Ramasa abrió: ¡Andresito! Pero ¡BAMMMM! Adiós señora Ramasa. La siguiente fue su hija mayor, Lucelia. “¿Qué le has hecho a mi madre, desgraciado?” Pero

¡BAMMM! Tampoco se perdía mucho.

Luego a la otra hija Rocelia: ¡BAMMM! ¡A la mierda Rocelia! Y lo mejor de todo era que no manchaba ni nada las paredes, ni la ropa, ni nada manchaba.
Luego cambió de táctica y decidió apostarse en un recodo de la escalera y sorprender a sus víctimas. Dicho y hecho.
El señor Gustafsón: ¡BAMMM!
La señora María del Mariadel: ¡BAMMM!
Incluso el perro de la señora María del Mariadel.

Era todo muy extraño. Ya eran las cinco de la tarde. A esa hora tendría que haber llegado a casa hacía mucho, haberle dado a su madre el parte del colegio, habría comido y luego habría estado castigado el resto del día, ya que no le dejaban volver a clase esa tarde ni al día siguiente.
Sin embargo no había oído ninguna puerta abrirse en el bajo, donde él vivía.
“Bah, pensó” voy a por la vieja Turruchi y luego me voy a casa.
Subió al cuarto, en busca del timbre de la vieja Turruchi saltando de dos en dos los escalones y pensando de dos en dos los agravios que esa vieja amarilla fosforescente le había hecho desde que era pequeño, los tirones de mejilla, los besos babosos. Se acabó.
Todo se acabaría.
Llamó al timbre “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr” era uno de esos timbres secos y feos.
La vieja Turruchi abrió, llevaba algo en la mano, pero entonces. ¡Mierda! A Andresito se le cayó el clavo. Se agachó lo más rápido posible para, a pesar de todo, sorprender a la vecina. Y en una de sus fracciones de segundo reconoció lo que la vieja Turruchi tenía en la mano: un clavo.
Mierda. Pensó al notar un pinchazo en el culo.

¡¡¡BAMMMMM!!!

Era extraño. Al pinchar a aquel mocoso en el culo ella se hubiera imaginado un “Ayyyy” o quizá una pesada y larga llantina. Pero nunca se habría esperado que Andresito fuera a explotar. Muy extraño.
Por eso cuando la puerta de su vecina se abrió y vio sus ojos aterrorizados al descubrir los restos de plastiquillo que quedaban del muchacho, no se le ocurrió otra cosa que pincharla también. ¡¡¡¡BAMMMM!!! Y su vecina explotó. ¡Qué extraño! Pero hacía mucho, muchísimo tiempo que no se divertía tanto. Además, a su edad que iban a hacerla, ¿condenarla a la cárcel?
Decidió bajar un poco por la escalera, para ver si alguien pasaba
y justo
entonces…

CONFIANZA


Anoche, justo cuando te estabas quedando dormido, conseguí ser por unos segundos las yemas de tus dedos.

Intentaba acercarme a ti, de la forma en la que el vapor se te adhiere al cuerpo, inadvertido y cálido, rodearte de mí, descuidado y frágil y conseguir colarme en tu inconsciencia como un sentimiento, no como un ser humano. Sin embargo me equivoqué, o al menos eso pensé al principio, y acabé formando parte del tacto de tu piel.

Al principio la sensación fue algo extraña, la forma en la que tú rozabas mi piel transpiraba una sensación difícil de soportar, desde mi cuello, avanzando por mi espalda hacia abajo, notaba el contacto de tus dedos como un fuego intenso que me cargaba de sensaciones. Luego el tacto parecía reverberar como un eco llameante e inmediato, mientras podía sentir mi propia piel a través de tus terminaciones nerviosas. Mi piel y tus dedos avanzando lentamente por mi espalda. Suaves.
Después del pánico inicial, empecé a acostumbrarme a esa sensación doble y jugosa, que despertaba en mí un deseo que jamás había sentido antes. Hubiera sido hoguera solo para que pudieras arder dentro de mí para siempre.
Luego la razón comenzó a desperezarse, primero patosa y lenta, luego a codazos. Pero yo era todo piel y me costaba escuchar lo que trataba de decirme. Además, con los años he aprendido a desconfiar de su voz.

Creo que incluso pude entreabrir los ojos, probablemente embadurnado en algún gemido espontáneo y a destiempo, para comprobar como un aura blanquecina que debía estar iluminando la habitación desde hacía un rato, se desvanecía súbitamente, aterrada al verse sorprendida.

En ese instante, justo entre la percepción de la luz y el estallido del candor de tu piel en mi piel y de mi piel en mi piel, cuando parecía que todo el universo iba romperse en una miríada de constelaciones sensitivas, justo ahí, debió producirse un pequeño hueco que la razón primero y el desconcierto después acabó por blindar, asegurándose un espacio, como no podía ser de otro modo, razonable.

Ahí dejé de ser tu piel, para volver a ser mi piel en tu piel y caricias, un sentimiento noble y fuerte pero, a esas alturas, segundón.

Justo después de llegar al éxtasis, cuando te habías dado la vuelta, supe que aquel aura blanca huidiza y engañosa provenía de tu teléfono. Exactamente igual que aquella otra vez. Abrí los ojos y me senté en la cama intentando discernir las figuras de los muebles de la habitación, haciendo cálculos de cuántas esquinas existían, de cuantos recodos podrían esconder cualquier tipo de secreto, de cuántas llamadas furtivas se habrían colado ya antes sin que yo, arropado y descuidado, hubiese movido los párpados. Y odiándote en el fondo, porque habías introducido en mí un miedo contra el que no podía luchar.

Estaba amaneciendo y alguien debió haberte querido mucho más.

El pequeño caso del insigne Hermenegildo del Cáucaso. Apuntes de Historia e histeria.


Y fue ahí cuando el insigne Hermenegildo del Cáucaso, dirigiendo al pueblo sinfónico, entró musicalmente en Parabara, donde una multitud truculenta y frenopática le acogió como el gran líder de grasas que siempre juez.

Sin encargo, habría que retractilarse unos años antes, a la conocida como la “era Piticlín”. Durante aquellos años, la enorme pasa adormecida de la ciudad de Sancanutoh, allá en la lejana Lejana, buscaba desesperadamente salir del estío vital al que le habían conducido las locas gobernanzas del tirano Asserrín, quien tras poner para luego deponer a su hermano, Asserán, atormentaba a sus ciudadanos con ciudadanos atormentadores.

La pasa adormecida se dirigió a Hermengildo del Cáucaso, quien todavía no era conocido por su insigne sobrenombre. Y cuentan las fuentes y algún que otro riachuelo, que inicialmente hubo una gran confusión hasta que el loado guerrero musical y la pasa decidieron en qué idioma deberían hablar para entenderse.

No es este episodio, tal y como muestran de nuevo algunos mostradores, un episodio baladí. Tampoco es, como quisieran algunos poetas, un episodio baladó. La naturaleza e importancia de este momento la hubiera impreso cualquier pelusa que se hubiera deslizado por el marco de la puerta si por aquel entonces hubiera existido ya la imprenta y si las pelusas de aquel entonces hubieran sabido imprimir.
Volviendo al episodio que nos ocupa, esta conversación entre la pasa adormecida de Sancanutoh en la lejana Lejana y el insigne héroe caucásico, marcó el fin de la era Piticlín para inaugurar, como no podía ser de otra forma, la era Piticlán.

Sobre la consciencia de este momento entre los coetáneos de la ciudad discrepan de nuevo las fuentes, pero por lo general se pueden distinguir dos grandes grupos: las fuentes de agua potable suelen admitir la rápida expansión de la era Piticlán en la consciencia de los sancanutahnos. Las de agua no potable mantienen una postura más crítica sobre este extremo, aunque la historiografía ya ha comentado sobradamente su base ornamental y su postura tontorrona en la mayoría de los casos.

Siguiendo pues el relato de lo acontecido según las fuentes de agua potable, Hermenegildo del Cáucaso se encontró con la pasa en su casa mientras estaba buscando una gasa. No se entendería este episodio histórico sin mencionar los registros sonoros recogidos por la arqueología musical, que parecen demostrar la existencia de fuertes ronquidos provenientes de la pasa. De nuevo nos encontramos en un punto polémico ya que algunos científicos aseguran que aquellos sonidos más que atribuibles a ronquidos de pasa –asunto ciertamente espinoso- , habrían de interpretarse como una pelea entre un oso y una bailarina soviética de color azul en una habitación contigua. Sin embargo esta teoría no se ha sostenido debido a la incontestable oposición de los historiadores soviéticos que argumentaban que todavía faltaban cerca de seiscientos años para la creación de la Unión Soviética, opinión que ha sido criticada por los primeros como una visión demasiado marxista del registro arqueológico sonoro.

Sea como fuere, parece que Hermenegildo del Cáucaso encontró a la uva seca mientras deambulaba en su hogar intentando hallar una tela de hilo clara y fina. De nuevo ateniéndonos a los atenienses, y a sus fuentes, que todas eran potables –todo hay que decirlo- parece que este hecho y cito textualmente a Heterodoto “le resultó igual de agradable que a los esclavos eslavos la limpieza de cutis con aceite hirviendo. Osando gritar”. Es esta frase la que sirve de base científica a los partidarios de la pelea entre el oso y la bailarina soviética de color azul. Un apunte aparte merece la mención del otro gran historiador griego, y primo del ya mencionado, el insigne Homodoto, quien no cita la parte referida al oso en la frase para disgusto de los seguidores de la teoría soviética.

Estando en tal punto, parece que Hermenegildo del Cáucaso gritó una vez y la pasa adormecida registró tal repunte sonoro despertándose, actitud muy en boga en aquella época. Entonces fue cuando Hermenegildo del Cáucaso, todavía sin el Cáucaso, pronunció aquella mítica frase: “Despierta, pasa adormecida”.

Lo siguiente que pasa con la pasa, lo sabemos porque nos lo imaginamos. Así un historiador de Pernambuco y cuyo nombre es bastante olvidable comenta en su libro “De lo que me pasa entre que me levanto y desayuno” como una mañana se quedó mirando a la ventana de su salón y se le ocurrió que después de pronunciar esa frase, la pasa y el mítico guerrero musical fueron juntos a Parabara con la idea de destronar a Asserrín. El historiador que suscribe este artículo, ha imaginado otras cosas entre medias, pero serán objeto de análisis en una obra de divulgación de próxima publicación y en la letra de una canción.

De cualquier forma, Hermenegildo, ya del Cáucaso, y seguido de la pasa todavía somnolienta así como de un hipopótamo pesadísimo del que no se pudieron desembarazar se plantó delante de las murallas de Parabara y extrajo de una bolsa el ya mítico Violín-Molón con el que empezó a desgranar las notas de una canción envenenada dirigida hacia Asserrín.
Las fuentes, y en este caso están de acuerdo las potables y las no potables, confirman que por aquella época Parabara estaba vacía debido a que olía muy mal. Asserrín se mantenía en su palacio pero había perdido toda esperanza de restaurar el imperio de su padre Arrorró. Así pues el hecho de su suicidio ha de atribuirse a su estado psicológico inicial y a lo largo de la canción interpretada por Hermenegildo del Cáucaso.

Los hechos que acontecen a este episodio son bastante claros y conocidos por todo el mundo: toma de posesión de la corona imperial por parte de Hermenegildo del Cáucaso, limpieza de la ciudad de Parabara y retorno de sus ciudadanos y engorde de los pechos del emperador, en pocos años, por comer mucha miga de pan.

Sin embargo, la Historia todavía no ha podido dar una respuesta satisfactoria a varias preguntas, entre ellas las del paradero de la pasa y el hipopótamo y, sobre todo, la de a quién le importan los sucesos de Parabara. Para las generaciones futuras de científicos locos queda la investigación científica que de respuesta a todo esto y su posible utilización en la conquista del mundo, tarea propia de científicos locos.

La boda de ella y él.


Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.


Furibundo y poderoso, el grito de la tía Tantiaguri se había esparcido por toda la sala para deleite de todos los que la conocían, que lo esperaban antes o después. Y es que, como en todas las ocasiones familiares, la tía Tantiaguri se había puesto en pie para gritar eso de “Yavestú, con setenta y tres años y me cojo la primera borrachera de mi vida.”

Vieja Borracha.

- Hija –brotaba el padre emocionado, elevando el tono de voz para hacerse oír sobre el racimo de golpes que proporcionaba a su primogénita en el hombro mientras le hablaba- Hija –plock, plock- Tu tía Tantiaguri no se hubiera perdido este día –plock, plock- aunque hubiese tenido que venir andando –plock, plock- en chanclas.

Y por el aire del banquete de bodas se extendía el típico sonido que uno nunca sabe si es una “a” una “e” o una “r”, prefabricado entre todas las voces de los invitados que, ya a aquellas horas del vino, no tenían ni textura, ni color, ni tono mesurado.

Y luego, la tía Tantiaguri otra vez: Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Vieja borracha.

Jamás hubo otra boda igual en el mundo.


Ella, no podía creerlo cuando él se le acercó a la salida del trabajo. En su primer día, y utilizó el truco de “¿Sabes que te pareces a Sofía Loren de joven?” Porque ella sabía que era un truco.

Ya ves tú. Un truco.

Pero no se lo podía creer. Y se dejó mecer por las sutilezas de sus gestos y los movimientos un tanto exagerados de sus brazos. Y la sonrisa.

Esa cafetería siempre estaba llena de gente, pero había un sótano, con la luz baja, caña en las paredes, vigas de madera y enormes sofás rojos y mullidos a ras del suelo en los que sentarse y acorralar a su víctima. Porque ella ya le había elegido. Por eso la conversación fluyó rápido. Desde el primer momento a ella le gustó que él vaciase todo el contenido de sus bolsillos encima de la mesa: móvil, llaves, tabaco, temas de conversación. Y entonces, se produjo un silencio, ella provocó ese silencio, y él no pudo menos que acercarse a sus ojos para besar sus labios.

En aquella cafetería, siempre tan llena de gente.

Envueltos por el humo de los cigarros, la sequedad de una botella de Lambrusco y el color anaranjado que los acariciaba. Calor. Calor hacía falta.


“Sabes lo de ella y él. Si que están juntos no. Si desde hace una semana. Ya me lo imaginaba. Dicen que se enrollaron el primer día de el. Ella lo llevo a su casa. No se lo digas a nadie que lo quieren mantener en secreto. Claro que se acostaron. Pues a mi ella me parece poca cosa para él.” Fragmento de conversación obtenido con grabadora oculta en la cocina de la oficina una semana después.

Ella llegó una tarde, y mientras estaban desnudos, así en la cama, ella le sopló lentamente, despacio, acariciándole con el aire que salía de su interior, un aire que era suyo, de él.

Ella llegó esa tarde y no se volvería a marchar…


Bah, es igual. No es muy importante. Tampoco creo yo que se vaya a enfadar. Es comprensivo. Es cierto que él tiene ganas, pero no creo que me quiera obligar a que vaya con él. De hecho, no creo que le importe que no vaya. Incluso, probablemente, seguro que, a las claras, tampoco le importa ir a él mismo.

Otra vez.

Porque ella seguía acariciándole con su leve brisa por detrás de la oreja, bajando por el cuello, deteniéndose en sus hombros, recorriendo su espalda, por entre sus glúteos y sus muslos, hasta llegar a sus pies.

Bueno, tampoco se tienen que hacer las cosas por obligación. No creo que le importe demasiado. Él siempre comprende. Si a mi no me caen bien, no importa, hasta es sano. De hecho, tampoco les ve tan a menudo. Y casi mejor para él. Que al fin y al cabo es lo que a mi más me importa.

Nunca.

Y luego él llegaba a casa y ella le hacía sentir como si en realidad, hubiera llegado a casa. De nuevo con calor, y sus brazos, sus besos, sus palabras. Y él sentía que había llegado a casa, sentía como si hubiera llegado a casa.

Y por eso cuando él le preguntó qué entendía ella por amor, ella le respondió algo que no tenía nada que ver con él. Nunca.

Pero él seguía tan allí. Y ella también.

Él siempre acababa por seguir allí.

Porque aquel amor era tan importante para ella, e incluso para el mundo.

Por eso, aquella boda fue tan grande.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiijijijijijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiijijí.

Gritaba la tía Tantiaguri en el momento en que sirvieron el postre.

Uvas.

Elegidas por ella. No por él.

Aquel amor era tan grande. Aquella boda era tan enorme. La tía Tantiaguri, tan inconmensurable, con aquel grito de primera borrachera a sus setenta y tres años.

Vieja borracha.

Y en aquel amor tan grande, enorme e inconmensurable estaba ella tan enfrascada que no se dio cuenta de que él miraba a aquella uva con un ardor extraño, con unos ojos grandes, enormes, inconmensurables.

La miraba

la miraba

no podía parar de mirarla.


Entonces pasó.

Él abrazó con sus labios carnosos y sonrojados el óvalo que describía la superficie de la uva. Con miedo de apretar demasiado los labios pero con la seguridad de que su caricia se vería correspondida. Sintiendo como cada milímetro de sus labios, cada roce con su lengua hacían estremecerse a su pequeña amante, que por caprichos del azar acabó aquella noche sobre su plato. Aquella pequeña uva, insignificante…

Mírale dijo alguien ¿quieres acabarte ya esa uva?

… Y ella estaba sintiendo lo mismo que él. Su color verdoso la delataba, la apertura de aquel agujero que le había provocado separarse del racimo. El mismo agujero que tenía él y hacían algo parecido a mirarse, la uva y él…

Mamá, tú y los otros tiráis del brazo, nosotros tiramos de la cabeza y alguien que intente quitarle la uva.

…¿se atrevería?

El amor que ella sentía por él, todas las veces que ella se ocupaba de que él estuviese en casa como si estuviese en casa. Todas aquellas caricias, labios, luces anaranjadas envolventes, todo aquello le impidió darse cuenta de que, antes o después él se libraría de todos y se marcharía muy lejos. Para siempre. Aquella misma tarde.

Porque se enamoró de una uva.

Una uva.

..

..

..

Años después se cruzaron. Hacía un viento terrible. Y se saludaron. Holaquetalholaquetal. Bienbien. Me alegro de verte. Yo también. Beso en la mejilla. Me alegro de verte. Adios. Adios.

Una uva.

Desamor, de repente una tarde


Fue justo antes de dejar de respirar.
Dejar de respirar en rojo.
Fue justo antes de dejar de respirar en Rojo cuando a ella se le fue el desamor. Qué sensación más jodida y a la vez inadvertida.
Era como tener mantequilla recorriendo tus venas, mantequilla como la de las tostadas aún calientes pero no lo suficiente. Una especie de líquido que por momentos se hacía espeso, amarillento para volverse otra vez líquido y así para siempre.
Parecía que para siempre, aunque ella no lo advirtiese.
Poco a poco la mantequilla, a veces sólida, había comenzado a extenderse por su cuerpo y conformaba ya una fina capa que se extendía por todos sus órganos, desde su cerebro hasta las uñas de los pies, el corazón que dejó de latir con normalidad, el tacto, que ya no funcionaba bien, los ojos, que percibían a través de ese amarillo líquido que no era líquido.
Pero ella no se daba cuenta.
Y sentía como una quemazón, como si en el fondo estuviera en otro lado y casi pudiera verse desde fuera. Era una quemazón así, todavía caliente pero no lo suficiente.
Aunque quemaba por dentro.
Y fue justo eso, el día que dejó de respirar en rojo, cuando se dio cuenta de que lo había pasado.

Era por la tarde, probablemente entre las siete y las ocho.

Y ya no quemaba. Y volvió el tacto y el gusto y la vista.

Y ella se detuvo, de repente, en medio de un inmenso vacío pasillo del metro, decorado con el blanco apisonador de la luz del subterráneo.
Se detuvo y pensó si en el fondo había merecido la pena tanto esfuerzo para eso. Para que una tarde, cuando uno menos se lo esperaba, dejaba de doler.

Se preguntó si acaso era posible morir por amor.

Ella.